Mes: mayo 2016

Mensaje de la cuaresma 2016

El mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2016 lleva como título «’Misericordia quiero y no sacrificio’ (Mt 9,13). Las obras de misericordia en el camino jubilar». El texto ha sido dado a conocer por la Santa Sede en conferencia de prensa. Los idiomas en los que puede encontrarse son el italiano, español, inglés, polaco, alemán, portugues, francés y árabe.

A continuación el texto completo en español:

«’Misericordia quiero y no sacrificio’ (Mt 9,13).

Las obras de misericordia en el camino jubilar»

1. María, icono de una Iglesia que evangeliza porque es evangelizada

En la Bula de convocación del Jubileo invité a que «la Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios» (Misericordiae vultus, 17). Con la invitación a escuchar la Palabra de Dios y a participar en la iniciativa «24 horas para el Señor» quise hacer hincapié en la primacía de la escucha orante de la Palabra, especialmente de la palabra profética. La misericordia de Dios, en efecto, es un anuncio al mundo: pero cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio. Por eso, en el tiempo de la Cuaresma enviaré a los Misioneros de la Misericordia, a fin de que sean para todos un signo concreto de la cercanía y del perdón de Dios.

María, después de haber acogido la Buena Noticia que le dirige el arcángel Gabriel, María canta proféticamente en el Magnificat la misericordia con la que Dios la ha elegido. La Virgen de Nazaret, prometida con José, se convierte así en el icono perfecto de la Iglesia que evangeliza, porque fue y sigue siendo evangelizada por obra del Espíritu Santo, que hizo fecundo su vientre virginal. En la tradición profética, en su etimología, la misericordia está estrechamente vinculada, precisamente con las entrañas maternas (rahamim) y con una bondad generosa, fiel y compasiva (hesed) que se tiene en el seno de las relaciones conyugales y parentales.

2. La alianza de Dios con los hombres: una historia de misericordia

El misterio de la misericordia divina se revela a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dios, en efecto, se muestra siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, una ternura y una compasión visceral, especialmente en los momentos más dramáticos, cuando la infidelidad rompe el vínculo del Pacto y es preciso ratificar la alianza de modo más estable en la justicia y la verdad. Aquí estamos frente a un auténtico drama de amor, en el cual Dios desempña el papel de padre y de marido traicionado, mientras que Israel el de hijo/hija y el de esposa infiel. Son justamente las imágenes familiares —como en el caso de Oseas (cf. Os 1-2)— las que expresan hasta qué punto Dios desea unirse a su pueblo.

Este drama de amor alcanza su culmen en el Hijo hecho hombre. En él Dios derrama su ilimitada misericordia hasta tal punto que hace de él la «Misericordia encarnada» (Misericordiae vultus, 8). En efecto, como hombre, Jesús de Nazaret es hijo de Israel a todos los efectos. Y lo es hasta tal punto que encarna la escucha perfecta de Dios que el Shemà requiere a todo judío, y que todavía hoy es el corazón de la alianza de Dios con Israel: «Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4-5). El Hijo de Dios es el Esposo que hace cualquier cosa por ganarse el amor de su Esposa, con quien está unido con un amor incondicional, que se hace visible en las nupcias eternas con ella.

Es éste el corazón del kerygma apostólico, en el cual la misericordia divina ocupa un lugar central y fundamental. Es «la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado» (Exh. ap. Evangelii gaudium, 36), el primer anuncio que «siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis» (ibíd., 164). La Misericordia entonces «expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer» (Misericordiae vultus, 21), restableciendo de ese modo la relación con él. Y, en Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él. Y esto lo hace con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa.

3. Las obras de misericordia

La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. Por eso, expresé mi deseo de que «el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (ibíd., 15). En el pobre, en efecto, la carne de Cristo «se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado» (ibíd.). Misterio inaudito y escandaloso la continuación en la historia del sufrimiento del Cordero Inocente, zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias (cf. Ex 3,5); más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.

Ante este amor fuerte como la muerte (cf. Ct 8,6), el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino parar sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre mendigo. Y cuanto mayor es el poder y la riqueza a su disposición, tanto mayor puede llegar a ser este engañoso ofuscamiento. Llega hasta tal punto que ni siquiera ve al pobre Lázaro, que mendiga a la puerta de su casa (cf. Lc 16,20-21), y que es figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoníaco «seréis como Dios» (Gn 3,5) que es la raíz de todo pecado. Ese delirio también puede asumir formas sociales y políticas, como han mostrado los totalitarismos del siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar. Y actualmente también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.

La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales. Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo. A través de este camino también los «soberbios», los «poderosos» y los «ricos», de los que habla el Magnificat, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos. Sólo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre —engañándose— cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer. Sin embargo, siempre queda el peligro de que, a causa de un cerrarse cada vez más herméticamente a Cristo, que en el pobre sigue llamando a la puerta de su corazón, los soberbios, los ricos y los poderosos acaben por condenarse a sí mismos a caer en el eterno abismo de soledad que es el infierno. He aquí, pues, que resuenan de nuevo para ellos, al igual que para todos nosotros, las lacerantes palabras de Abrahán: «Tienen a Moisés y los Profetas; que los escuchen» (Lc 16,29). Esta escucha activa nos preparará del mejor modo posible para celebrar la victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte del Esposo ya resucitado, que desea purificar a su Esposa prometida, a la espera de su venida.

No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión. Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez (cf. Lc 1,48), reconociéndose como la humilde esclava del Señor (cf. Lc 1,38).

Vaticano, 4 de octubre de 2015

Fiesta de San Francisco de Assis

FRANCISCUS

Asamblea Pastoral 2016

El Sr Obispo Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar, sacerdotes, diáconos y seminaristas, se reunieron desde 01 – 05 de febrero en asamblea pastoral, para dar inicio a la programacion de las actividades evangelizaras del presente año. Muchos éxitos y que el Señor bendiga esta Iglesia que camina a ritmo de Evangelio.

Ordenación sacerdotal y diaconal

El pasado 04 de febrero en el templo catedral Nuestra Señora del Carmen de Puerto Carreño, por imposición de manos y oración consecratoria de Mons. Francisco A. Ceballos Escobar, fueron ordenados diáconos los seminaristas David Mayorga y Daniel Salinas, y, presbítero el diácono Fredy Auner Marín. A ellos los felicitamos en su ministerio.

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Homilía ordenación Redentoristas

MISA ORDENACIÓN DIACONAL

Misa Ordenación Diaconal

BOGOTÁ, PARROQUIA DE SAN GERARDO

9 DE ABRIL DE 2011

ESTIMADOS JUAN JAINOVER, JOSÉ JOAQUÍN Y ALEXANDER.

¿Sabes si son dignos? La respuesta a esta pregunta con la que ha comenzado el rito de su ordenación diaconal, a pesar de que el padre Provincial haya dado testimonio de que ustedes han sido considerados dignos, es que ninguno de nosotros es digno. La vocación es pura gratuidad y un don que nos sobrepasa. A pesar de nosotros mismos hemos sido elegidos. Esta elección solemne evoca, en primer lugar la primera elección de que ha sido objeto cada cristiano: antes de la creación del mundo hemos sido elegidos por Dios para ser santos e inmaculados en su presencia (cf. Efesios 1,4). Saberse elegido es una experiencia espiritual básica para cualquier ministro ordenado. Resuena la Palabra de Jesucristo a los Apóstoles: “No me han elegido ustedes, soy yo quien los he elegido” (Jn. 15,16). Es la experiencia de un don de Dios, que no se arrepiente cuando los comunica (cf. Rom. 11,29). Una experiencia, por tanto, que ha de ser permanente, para mantener la dependencia gozosa del Señor en todo lo que será su vida y ministerio. Una dependencia que evitará cualquier pretensión humana de protagonismo, de originalidad fuera de lugar. Bien nos dice la primera lectura del Deuteronomio: “Si el Señor los ha preferido y elegido a ustedes no es porque ustedes sean la más grande de las naciones, ya que en realidad son la más pequeña de todas ellas” (Deut. 7, 6-9).

¿Cuál es el don que hoy el Señor Jesús les otorga por el ministerio de la Iglesia a través de la imposición de mis manos? El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa con estas palabras cuando nos dice que por el diaconado, “se recibe un carácter indeleble que configura de modo especial al Cristiano con Cristo, quien se hizo diácono, es decir, servidor de todos”. El diaconado los configura entonces con Cristo Servidor.

El diaconado los compromete hoy al seguimiento del Señor Jesús en esta actitud de humilde servicio que debe informar toda su manera de pensar, sentir y actuar, ahora como diáconos, y el próximo 21 de mayo, Dios mediante, como presbíteros, a semejanza de Cristo, “que no vino a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos. A semejanza de él que definiera su misión como “Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc. 22, 25-27).

Todos estos años de formación, de vida religiosa en la Congregación del Santísimo Redentor los han preparado para esto, porque nuestra vocación es antes que nada la de ser “servidores” a semejanza de Jesús.

¿Cuáles serán los alcances de su servicio diaconal? Se trata de un servicio que deberán prestar ante todo en forma de ayuda al Obispo y al Presbítero, tanto en el culto divino como en el apostolado, pero también este servicio se dirige a la propia comunidad cristiana y a toda la Iglesia, hacia la que el diácono debe tener una profunda adhesión y amor, por su misión y su institución divina. Un servicio a Dios, a la Iglesia y a los hermanos que se hace concreto en el servicio al altar, a la Palabra de Dios y en la caridad fraterna.

En el ejercicio de su ministerio diaconal sean portadores de la Esperanza del Evangelio. Frente a un mundo que muchas veces vive hoy sumido en el temor, en la sospecha, en el sin sentido, en el relativismo, en la mediocridad, sean portadores de la esperanza cristiana, testigos de la belleza del cristianismo en toda su anchura y profundidad, anunciadores valerosos de Cristo.

Todo don trae consigo deberes y responsabilidades. En el caso del diaconado, ¿cuáles son estos deberes y responsabilidades? El Concilio Vaticano II nos da la respuesta: “Sirviendo a los misterios de Cristo y de la Iglesia, deben conservarse inmunes de todo vicio, agradar a Dios y hacer acopio de todo bien ante los hombres”.

Por tanto es obligación de cada uno de ustedes, queridos jóvenes, esforzarse cotidianamente por dar testimonio, es decir, sean testigos de quien los mueve a dar este paso, no solo con su servicio y su apostolado, sino también con su propia vida. El Papa Paulo VI, en su Carta Apostólica en forma de motu Proprio sobre el sagrado orden del diaconado, nos ayuda a comprender mejor los deberes y las exigencias que conlleva el diaconado que hoy reciben cuando nos dice: “Los diáconos, como todos aquellos que están dedicados a los misterios de Cristo y de la Iglesia, deben abstenerse de toda mala costumbre y procurar ser siempre agradables a Dios, prontos a toda obra buena para la salvación de los hombres. Por el hecho, pues, de haber recibido el orden, deben superar en gran medida a todos los otros en la práctica de la vida litúrgica, en el amor a la oración, en el servicio divino y en el ejercicio de la obediencia, de la caridad y de la castidad”. Es necesario un poco de esfuerzo y de sacrificio para poder cumplir con los deberes y responsabilidades del ministerio; Dios pondrá todo lo demás; Él les dará la gracia. Quien los eligió les ayudará a llevar a feliz término su obra comenzada. Con San Pablo en la segunda carta a los Corintios les digo: “Hermanos: por eso no nos desanimemos, porque Dios, en su misericordia, nos ha encargado este trabajo…Porque el mismo Dios que mandó que la luz brotara de la oscuridad, es el que ha hecho brotar su luz en nuestro corazón, para que podamos iluminar a otros, dándoles a conocer la gloria de Dios que brilla en la cara de Jesucristo” (2 Cor. 4,1-2, 5-7).

Hoy se comprometen a conservar el celibato con la firma convicción que este don de Cristo a su Iglesia está en orden a que puedan unirse más íntimamente al Señor con un corazón indiviso, y puedan dedicarse más libremente al servicio de Dios y de los seres humanos. Por eso les pido, interpretando el deseo de sus animadores, cuiden en todo momento y por todos los medios, este don.

También hoy se comprometen desde su libertad a celebrar fielmente con espíritu de oración y alabanza la Liturgia de la Horas, por la Iglesia y por todo el mundo. Es un gesto hermoso de la Iglesia poner en sus manos la Liturgia de las Horas, así ustedes no sean monjes sino apóstoles del Señor. La recibimos para servir con ella y no para dedicarla a nuestros propios sentimientos. La recitamos siempre en nombre de otros: somos boca de Cristo, boca de la Iglesia y voz de los sin voz… de los que ni siquiera saben que se pude orar.

Al respecto es bueno recordar tanto para ustedes como para nosotros Obispos, presbíteros, religiosos, lo que dice la Iglesia al respecto: “Sería una visión empobrecida mirar dicha responsabilidad como el mero cumplimiento de una obligación canónica, aunque también lo es, y no tener presente que la ordenación sacramental confiere al diácono y al presbítero un especial encargo de elevar a Dios uno y trino la alabanza por su bondad, por su soberana belleza y por el designio misericordioso acerca de nuestra salvación sobrenatural.

Queridos hijos: para poder responder a estas hermosas, pero exigentes obligaciones, esfuércense por vivir su ministerio como camino específico hacia la santidad. Aspiren siempre a la santidad. Ya que las obras de Dios las hacen los hombres de Dios. Que cuando la gente los vea puedan desde ahora decir de ustedes lo que aquel abogado de Lyon decía de San Juan María Vianey cuando después de visitarlo le preguntaron: ¿Qué has visto en Ars?” Y él respondió: “He visto a Dios en un hombre”.

Con seguridad el santo cura de Ars llegó a ser santo y se mantuvo en sus buenos propósitos porque siempre estuvo adherido a Cristo. “Una rama no puede dar frutos de sí misma, si no está unida a la vid; de igual manera, ustedes no pueden dar fruto, si no permanecen unidos a mí… El que permanece unido a mí, y yo unido a él, da mucho fruto; pues si mí no pueden ustedes hacer nada”. (Jn. 15, 1-11).

Por ello les aconsejo, no descuiden su vida espiritual. Dedíquense asiduamente a la lectura y a la íntima meditación de la Palabra de Dios. Participen diariamente de la Santa Misa. Renueven sus fuerzas desgastadas por la cotidiana jornada con la comunión eucarística y con la devota y diaria visita al Santísimo Sacramento. Purifiquen frecuentemente sus corazones con el Sacramento de la Reconciliación, y para poder recibir digna y fructuosamente este sacramento hagan todos los días su examen de conciencia, como nos lo mandan nuestros Estatutos Generales. Rechacen toda tentación de ostentación, de vanidad, de hacer carrera. Tiendan hacia un estilo de vida caracterizado auténticamente por la sobriedad, el decoro, la castidad, la humildad y la caridad, imitando así a Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote, del que deben llegar a ser imágenes vivas. No descuiden la dirección espiritual y la formación permanente en la fe de la Iglesia. Vivan la fraternidad y la amistad al interior de las comunidades y con los sacerdotes donde la voluntad de Dios los ponga a trabajar pastoralmente. Llénense de amor filial por la Virgen Madre, bajo la advocación del Perpetuo Socorro. Confíenle a Ella particularmente su diaconado. Que Ella sea en todo momento, vida, dulzura y esperanza. Refugio, consuelo y aliento en su ministerio.

Queridos cohermanos, el don del diaconado es para Ustedes medio de preparación para el sacerdocio ministerial. Hoy les entregaré el Evangelio pidiéndoles, “convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”. El día de su ordenación presbiteral el obispo ordenante les entregará la patena y el cáliz diciendo: “considera lo que realizas, imita lo que conmemoras y en todo conforma tu vida con la cruz del Señor”. Que el diaconado, aunque breve, sea preparación seria y responsable para el sacerdocio ministerial.

Que María, la Virgen Madre, la servidora de Dios en sus planes de salvación los acompañe y asista a lo largo de su vida ministerial, es decir siempre. Que así sea.

Homilía misa Génova

MISA PONTIFICAL

MONSEÑOR FRANCISCO ANTONIO CEBALLOS ESCOBAR

GÉNOVA, AGOSTO 8 DE 2010

Su Excelencia Reverendísima Mons. Fabio Duque Jaramillo, Obispo de Armenia; estimados Monseñores Álvaro Efrén Rincón Rojas, Obispo Emérito del Vicariato de Puerto Carreño, y Fabio de Jesús morales Grisales, Obispo Emérito de la Diócesis de Mocoa-Sibundoy. Estimado padre Noel Antonio Londoño, Vicario del Provincial Redentorista y Rector de la Basílica del Señor de los Milagros de Buga; padre Joao Pedro Fernández Consultor General de la Congregación del Santísimo Redentor. Estimado padre Felipe, párroco de la parroquia San José de Génova, Estimados sacerdotes acompañantes, religiosas y religiosos, seminaristas. Señor Jhon Didier Grisales, alcalde municipal y su distinguida esposa; Doctor Gerardo Corredor, demás autoridades civiles, militares y de policía.

Hace diez días, a los pies del Señor de los Milagros de Buga, por imposición de manos de Su Excelencia Monseñor Aldo Cavalli, Nuncio de Su Santidad Benedicto VXI, el Señor me agració con el ministerio del episcopado. Don que quisiera compartir en primer lugar, con cada uno de los hijos e hijas que peregrinan a ritmo de Evangelio en el Vicariato Apostólico de Puerto Carreño; con todos los misioneros redentoristas de Colombia y el mundo, con ustedes queridos paisanos. Al ser constituido sucesor de los Apóstoles, a Dios le pido la gracia de ser un Buen Pastor a ejemplo de su Hijo; a San Alfonso le imploro que acreciente en mí la sensibilidad pastoral que él tuvo, para saber leer y responder a los signos de los tiempos desde el Evangelio. A todos ustedes, les ruego, me obsequien la oración permanente para que el Señor me sostenga en fidelidad en el ministerio que me ha confiado. Por tal motivo ofrezcamos esta mi primera eucaristía como Obispo en mi pueblo natal.

Hermanos y hermanas, cómo he deseado compartir con ustedes el llamado que Dios me hizo para ser sucesor de los Apóstoles. Pues llegó el momento, aquí estoy, con el agradecimiento a esta patria chica en donde conocí el mundo que Dios me había preparado, en donde transcurrió mi niñez y adolescencia, respiré y asimilé los valores humanos y cristianos de mi entorno familiar y social. Valores que me han permitido moverme por el mundo como embajador de este rincón quindiano, suelo bendito donde afincaron sus raíces mis mayores.

¿Cómo no elevar una oración agradecida a Dios por haberme permitido nacer y crecer aquí en Génova? Parodiando al salmista, hoy exclamo: “!Si me olvido de ti Jerusalén, si me olvido de ti Génova, que se me paralice la mano derecha, que se me pegue la lengua al paladar!

Es verdad que a Génova se la conoce e identifica como una de las regiones más azotadas por la violencia; es verdad que fuera de sus fronteras al hablar de Génova la gente no se resiste a identificarla con la tierra de Manuel Marulanda y de Garavito. Es verdad que las altas cordilleras han sido refugio de los enemigos de la paz, pero también es verdad que la gran mayoría de sus habitantes son poseedores de los más profundos y aquilatados valores humanos y cristianos. Se aplica aquí la parábola bíblica del trigo y la cizaña, donde el trigo y la cizaña, o la maleza crecieron juntas, pero al final, cuando llegue la siega, el Señor dirá a los segadores: “coged primero la cizaña, y haced gavillas de ella para el fuego, y meted después el trigo en mi granero” (Mt. 13, 30).

Se de personas que al conocer mi nombramiento como obispo se han preguntado sorprendidos: ¿Es que de Génova puede salir un obispo? ¿Será posible que del seno de la familia Ceballos Escobar pueda surgir un sucesor de los Apóstoles? Ante estos cuestionamientos, me viene a la memoria la actitud y sorpresa de los paisanos de Jesús al oír su predicación llamando a la conversión, o al verlo expulsar espíritus inmundos y hablar con autoridad. ¿No es éste el hijo del carpintero. ¿Sus familiares no viven entre nosotros? ¿Quién le ha dando tanto poder o autoridad? Ese poder le vino del dedo de Dios.

Pues para que ustedes vean que de Génova puede salir un sucesor de los Apóstoles, aquí estoy en medio de ustedes, cuando todavía mi cabeza huele a Crisma.

Quizá muchos de ustedes hoy se preguntan: ¿Quién es un Obispo, qué hace un Obispo? La primera cosa que hay que decir para evitar equívocos y dejar las cosas en su lugar, es que el Obispo es ante todo un cristiano, es decir, un bautizado, que es llamado a seguir a Cristo en el camino del Evangelio. Lo que más interesa de hecho en la Iglesia de Dios, no es ser sacerdote, hermano, Obispo o Papa, sino el ser hijo de Dios, ser un bautizado. Lo decía en su tiempo San Agustín cuando afirmaba: “Soy Obispo para Ustedes, Cristiano con Ustedes”.

El Obispo es ante todo un cristiano: su más grande aspiración, su deseo único, es permanecer siempre cristiano, morir como cristiano. El resto, el nombramiento y la función episcopal, los honores y las responsabilidades, el prestigio, todo es cuestión pasajera. El Obispo no está más arriba de los cristiano, sino es un cristiano entre los otros: bautizado junto a otros bautizados, hombre como los otros, con pecado original que el bautismo le ha borrado y otros pecados suyos personales. Un hombre, con virtudes y los defectos de todos los vivientes sobre la tierra; con las esperanzas y las desilusiones, con sueños y temores, con sus proyectos y sus continuas y recurrentes dificultades.

También él fue niño de catecismo, quizá también acólito; después fue al seminario. Hizo un largo camino antes de llegar a ser Obispo. Permítanme compartir brevemente, cuál fue mi camino:

1. EN UN CUATRO DE MARZO

Nací un cuatro de marzo de 1958, bajo el gobierno del General y dictador Rojas Pinilla, el que trajo la televisión a Colombia. La Violencia se había recrudecido en la región, es lo que los historiadores llaman la segunda ola de violencia.

Junto a la cama estaba papá y Rosalbina, la enfermera. Vestido blanco, guantes de plástico, alcohol, algodón, tijeras; era todo lo que se poseía para el trabajo de parto. Desde muy temprano todo se había dispuesto. A la hora del almuerzo, se escuchó el llanto de un recién nacido; todos los presentes corrieron a la pieza para averiguar salud, sexo, peso, color y buscar el parecido. Los niños no entendían por donde había entrado porque habían estado pendientes del momento que llegara. Una nueva decepción para aquellos que aprendieron que a los niños los trae la cigüeña de París. Según las instrucciones dados con antelación, los niños salieron de prisa al vecindario llevando la noticia: que mi mamá la manda a saludar y a ofrecerle un niño. Entonces los vecinos replicaban: dígale a su mamá que la mando a felicitar y que más tarde voy a saludarla.

A la hora de pensar en nombres para registrarme y llevarme a la pila bautismal, hubo opiniones encontradas. Francisco Antonio se va a llamar, como mi padre, dijo con orgullo mi papá; llamémoslo Casimiro, replicó la enfermera Rosalbina, pues nació el día del santo. Gracias a que mi papá era un hombre de palabra, me evitaron días difíciles de escuela. Al fin de cuentas ni Casimiro ni Francisco, todos me decían Pacho o pachito.

A los ocho días, cuando aún no había abierto los ojos, Roberto Franco y Hermelina Restrepo, me acercaron a la pila bautismal para hacerme Hijo de Dios y miembro de la Iglesia. El padre Vallejo vertió sobre mi cabeza e invocó al Dios Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El 14 de Agosto, cuando apenas contaba con tres años de edad, Monseñor Jesús Martínez Vargas me confirmó, siendo mi padrino Don Gelasio Heredia.

Mi niñez transcurrió como la del resto de mis hermanos. Jugué a los carros, pero de fabricación casera: tarros, latas de sardinas, cajas de cartón halados por un hilo, y uno que otro más fino, de pilas o de cuerda, que mandaba la tía Celia de Pereira. Mamá se las ingeniaba para que estuviéramos contentos. ¡Cómo disfruté mi niñez con estos juegos infantiles¡

Pero no todo eran juegos. Antes de que se consumieran las velas de parafina, repetíamos al unísono, reunidos alrededor de la cama de papá y mamá: el por la señal de la santa cruz… El Ángel de la guarda mi dulce compañía… El Padre nuestro que estás en los cielos…, y el Dios te salve María. Muchas veces no alcanza a llegar ni al Ángel de la guarda porque era dominado por el sueño por el trajín del día.

Con apenas siete años sentí mucho la muerte de mi hermano Carlos Alberto. Con él jugábamos a celebrar la misa después de asistir a ella. Una sábana blanca era el ornamento, una taza era el copón, y la arepa del desayuno, simbolizaba el cuerpo de Cristo. Los dos afirmábamos que queríamos ser sacerdotes. Aunque él siempre presidía, recibí el legado y el compromiso de llegar un día al altar para hacer realidad sacramental nuestros juegos infantiles.

2. EN LA ESCUELA DE DOÑA ADELFA

A los ocho años empecé la escuela primaria. En el primer piso de la casa de mi tío Miguel, funcionaba el Colegio El Espíritu Santo. Una habitación grande, era suficiente para albergar a 60 alumnos que cursábamos la primaria. Doña Adelfa, una vieja profesora con vocación de maestra, atendía con Virginia los cinco cursos, separados por tableros. Todos los días, a primera hora, se escuchaba el coro de los niños y niñas repetir el mismo repertorio: uno por uno, uno; uno por dos, dos; uno por tres…. hasta llegar a la tabla del doce. Primero las tablas de multiplicar, después la oración y los relatos de la historia sagrada.

Con gusto leía la cartilla “Alegría de leer”. Las fábulas de Rafael Pombo y el catecismo del Padre Astete con el cual el padre Horacio Gil, me preparó para la primera comunión el 8 de diciembre de 1966.

Continué los estudios de primaria en la Concentración Escolar Simón Bolívar. Tuve como tutores a insignes y distinguidos profesores que no sólo me comunicaron su saber, sino que también me ayudaron a conocer y amar a Dios. Recuerdo con agradecimiento a Rubén López Márquez, Gonzalo López, Orlando Cubillos.

Muchas veces quise ser acólito, pero ese ministerio estaba reservado para los hijos de Juan de la Cruz Narváez. Me contentaba con proclamar las lecturas de la misa. Como me gustaba estar en el templo participaba en las dos misas diarias. Desde entonces contemplaba la posibilidad de ser sacerdote.

3. GANARME EL PAN CON EL SUDOR DE LA FRENTE

Desde muy pequeño me gustó trabajar para tener algunos pesos. En el solar de la casa organicé una huerta. Salía de casa en casa ofreciendo las lechugas, el cilantro, los repollos. De la finca traía las moras de castilla. Vendía los quesos que mi mamá fabricaba con la leche que le sobraba

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En la cantina de doña Josefina le colaboraba como barman. Trabajo que tuve que dejar ante el temor de que los borrachos pasados de copas, desenfundaran sus machetes y convertían el bar en un verdadero campo de batalla.

En el campo deportivo me desempeñaba bastante bien. Pertenecí a un equipo llamados Los Artilleros. Por las noches alternaba con el equipo de Básquet ball.

En algún momento de mi vida quise incursionar en el canto y de hecho participé en un concurso de la canción representando al curso; en ese intento me fue bastante mal porque después de ensayar durante mucho tiempo, a la hora de participar nos nervios me hicieron olvidar la letra de la canción.

Durante este tiempo todos los días asistía a la eucaristía dos veces al día. En la mañana asistía por devoción, en la tarde como disculpa para salir con mis amigos a la calle. Después de misa dábamos unas cuantas vueltas por la calle principal, la del “Yoyo”, degustábamos un aromático tinto que cada uno pagaba a lo americano. Más tarde entrábamos a Candilejas a jugar dama china; a las ocho, cuando doblaban las campanas y todos pensábamos que salían las ánimas a recorrer el pueblo, corríamos a casa, donde nos esperaban para desgranar los misterios del rosario.

5. LA IDEA DE IR AL SEMINARIO

Llegó a Génova un misionero redentorista, simpático por su robustez y la sotana blanca con el ruedo más arriba de los tobillos. El padre Manuel Antonio Guerrero.

Mientras me dedicaba a mis labores del estudio, en el salón de segundo B, bajo la dirección de Yamil Avivi, pasó la voz entre los compañeros del curso: que a Pacho lo solicita un padre. Me sorprendí un poco, fue verdad. Con timidez salí a buscar en el patio a quien me buscaba, mientras observé que no era el único, pues otros ya hacían fila para hablar con el enigmático sacerdote. Durante largo rato me llegó el turno. Por largo rato conversamos acerca de mi familia, los hobbis, intereses y proyectos. Me preguntó sin titubeos que si quería ir al seminario. Me entró la inquietud por saber el nombre de quien me había postulado o veía en mí las cualidades para ser sacerdote, y sin mediar más palabras le interrogué el porqué de la pregunta. El Padre Augusto, me había recomendado como un buen chico, líder, participativo y de misa y comunión diaria.

Con ocasión de la fiesta del estudiante se organizó un paseo al Valle del Cauca. Visitamos la hacienda El Paraíso y la Basílica del Señor de los Milagros de Buga. El encuentro con el Milagroso definitivamente marcó mi vida. Sumido en la oración le pedí al Señor que me ayudara a ganar el año. Hice la promesa de dedicarme al servicio del Señor por toda la vida como sacerdote. En silencio repetía: Señor, si tú quieres, si es tu voluntad, seré uno de los tuyos. Esa fue la promesa. Si ganaba el año sería sacerdote. Gané el año y debía cumplir mi promesa, pero no me fui de inmediato al seminario. Al terminar cuarto o noveno, respondí positivamente a la invitación que me hizo el Padre Guerrero.

Encontré apoyo en mis padres y también la consabida recomendación de mi mamá: si haz de ser un buen sacerdote no dudes ir al seminario. Conozco muchos que se han retirado y no son fieles al ministerio. Yo sabía que pondría todo de mi parte para ser un buen sacerdote. Hasta el momento no se si lo he logrado, pero tengo la convicción que he luchado para serlo.

En Manizales terminé el bachillerato. Luego hice el noviciado en Piedecuesta, la filosofía en Bogotá, la teología en México y Bogotá. Cuando me ordené me enviaron a un equipo misionero. Luego me pidieron ser formador. Más tarde forme parte del equipo directivo de la Provincia, hasta llegar a ser superior de los redentoristas de Colombia por dos trienios consecutivos. Estando en los Estados Unidos estudiando me llamaron a colaborar como administrador del Vicariato Apostólico de Puerto Carreño, y el 10 de junio el Santo Padre me nombró como Obispo titular de Zarna y Vicario Apostólico de Puerto Carreño.

¿Pero desde cuándo soy Obispo? Desde el momento de mi ordenación, es decir, desde el 30 de julio cuando Mons. Aldo Cavalli y cuarenta obispos más me impusieron las manos. Entonces me convertí en sucesor de los Apóstoles con el poder de enseñar, santificar y regir al pueblo de Dios.

Muchos de Ustedes que me conocieron en mi niñez y adolescencia, o recién ordenado como misionero itinerante, se preguntan: ¿Ahora cómo lo llamamos? La gente llama al Obispo de tantos modos: en Francia, y en los países de lengua francesa, lo llaman Monseñor; en Italia, en España, lo llaman casi siempre Excelencia; en Alemania, en Inglaterra más simplemente, Señor Obispo; pero el título más bello que califica la función y la misión del Obispo, es el de Padre: ¡Padre Obispo! Aunque no estamos acostumbrados, sería bello llamar a este hombre, así: Padre Obispo, pues no es un señor, ni una autoridad de la tierra, sino que es sólo y siempre el signo viviente del Padre: es verdaderamente padre de los fieles y de la comunidad.

El Obispo además de ser Padre, es Heraldo de la fe: El Concilio Vaticano II llama al Obispo heraldo de la fe que lleva nuevos discípulos para Cristo y es el maestro auténtico, es decir, dotado de la autoridad de Cristo que predica al pueblo, que le ha sido encomendado, la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida, la ilustra con la luz del Espíritu Santo… La hace fructificar y con vigilancia aparta de la grey los errores que la amenazan (LG. 25).

Pero es también ecónomo de la gracia y dispensador de los divinos misterios: Con la plenitud del sacramento del orden el obispo es llamado ecónomo de la gracia del supremo sacerdocio y es el primer presidente de la Eucaristía, el sacramento que hace vivir y crecer a la iglesia. Ecónomo de la gracia, quiere decir que el Obispo, juntamente con sus sacerdotes, santifica a la Iglesia con los sacramentos y ayuda en el camino de santidad de los fieles, llegando a ser él mismo, en primer lugar, un hombre que camina por los caminos de la santidad. Pero para ser ecónomo de la gracia, el Obispo debe ser ante todo un hombre de oración, porque como Moisés, es llamado a guiar el pueblo con la fuerza de Dios. Para el Obispo, por tanto, todo está aquí: oración y trabajo. Primero la oración y después del trabajo. Es más, toda su vida debe ser oración.

Oren por mí, oren por el Vicariato que será el lugar de mi santificación.

 

Homilía misa posesión

MISA PONTIFICAL

MONSEÑOR FRANCISCO ANTONIO CEBALLOS ESCOBAR

PUERTO CARREÑO, AGOSTO 22 DE 2010

Hoy, ante Ustedes, queridos hermanos y hermanas, digo: “Aquí estoy, Señor”. “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad”. Cristo al entrar en este mundo dijo: Aquí estoy, Señor. Se trata al mismo tiempo de una profunda actitud de adoración al Padre, de ofrenda sacrificial de la propia existencia, de disponibilidad total para el cumplimiento de la voluntad de Dios y de profunda solidaridad con todos los hombres, cargando con el pecado del mundo. Nos encontramos en el núcleo de la redención, en el corazón de Cristo sacerdote donde él pronuncia: Aquí estoy. En ese mismo instante María pronuncia su Fiat: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según Tu Palabra”. Cristo y María unidos para siempre.

Con esta misma actitud de oración y de ofrenda, de disponibilidad y de solidaridad, queridos hermanos y hermanas, quiero iniciar hoy mi servicio episcopal, en este querido Vicariato de Puerto Carreño.

Iglesia Santa, Esposa de mi Señor crucificado y resucitado. Iglesia Universal que camina y vive en Puerto Carreño. Iglesia implantada en estos Llanos Orientales por Jesuitas, Agustinos, Morfortianos, Redentoristas. Pueblo de Dios reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Asamblea Santa, Pueblo Sacerdotal. Nadie como tú, Iglesia del Señor. Iglesia constituida sobre el cimiento de los Apóstoles.

En la persona del Señor Nuncio Apostólico quiero transmitir mi afecto y gratitud al Santo Padre, al Papa Benedicto XVI, que nos preside en la caridad, y manifestarle mi plena y gozosa adhesión, a título personal y a nombre de este Vicariato.

He aquí también un pequeño, pero significativo grupo de presbíteros y misioneros de la Congregación del Santísimo Redentor, de la Arquidiócesis de Manizales y del Vicariato, estrechos colaboradores del Obispo. También la vida religiosa femenina representada por la hermana Blanca. Queridos sacerdotes, religiosas y religiosos, cuánta generosidad se esconde en su ministerio, ustedes llevan el peso del día y el calor de la jornada en el trabajo pastoral cotidiano del Vicariato. En este día la Iglesia los mira con esperanza, también el nuevo obispo. Verdaderamente el ser sacerdote, misionero, religioso o religiosa, es una vida apasionante. Vivan con gozo su vocación porque siendo fieles al Señor harán un gran bien a la humanidad desde su futuro ministerio.

Quiero seguir contando con Ustedes queridos misioneros redentoristas, a quienes la Santa Sede confió esta jurisdicción eclesiástica. Ustedes saben que yo estoy aquí en representación de la Congregación del Santísimo Redentor. Esta misión es expresión de nuestro carisma misionero de ir a las personas y lugares de mayor urgencia pastoral. Aprovecho la ocasión para agradecer a Monseñor Fabio Duque Jaramillo por la decisión de enviar a trabajar pastoralmente a este Vicariato a uno de los sacerdotes de su diócesis.

El nuevo Obispo viene a insertarse en esta historia de salvación y a caminar junto con ustedes compartiendo su responsabilidad antes tantos dones recibidos de Dios. Al obispo le corresponde acoger a todos, alentar a todos, unir a todos, reconociendo y alentando los carismas que cada uno ha recibido para el bien de la comunidad. Quiero ser obispo de todos y para todos. No olvidemos que la fuerza y la clave de la evangelización está en vivir el misterio de la Iglesia en plena comunión con el obispo en la diócesis y en plena comunión con el Papa en la Iglesia Universal. Esta es la fuerza que vence al mundo.

Están aquí tantos y numerosos cristianos fieles laicos, comunidades indígenas, familias enteras con sus hijos y sus abuelos, jóvenes, personas mayores, niños que hacen presente a la Iglesia en el mundo de tantas y múltiples maneras. Qué bonita es la Iglesia y más cuando se reúne festivamente para alabar al Señor e invocar su nombre.

No presten atención a quienes denigran de la Iglesia o sacan a reducir sus trapos sucios para atacarla. La Iglesia es nuestra madre, y aunque sus hijos seamos pecadores, ella nos limpia y nos hace hermosos, como una madre embellece a su hijo pequeño aunque se ensucie muchas veces. Qué hermosa es la Iglesia que de pecadores nos va haciendo santos. Queridos fieles laicos la Iglesia cuenta con su colaboración para llevar la sal y luz del Evangelio para un mundo que necesita ser renovado en el campo de la familia y de la vida, en el campo de la vida pública, de la cultura. No dejen que la Iglesia quede encerrada en la sacristía. Ustedes son la luz del mundo. Ustedes son la sal de la tierra. Con su testimonio, participación y entusiasmo la misión continental, que pronto iniciaremos, será un éxito.

Saludo al señor Gobernador del Departamento del Vichada, Doctor Juan Carlos Ávila Juanías, a la Honorable Asamblea Departamental, al Señor Alcalde de Puerto Carreño, Doctor Gregorio Hernández Colina, al Honorable Concejo Municipal, a las autoridades militares, de Policía, judiciales y académicas; su presencia honra a los habitantes de esta región y al nuevo Obispo. El nuevo Obispo de Puerto Carreño quiere colaborar, desde su ministerio episcopal, en todo lo que sea bueno para Puerto Carreño y el Departamento. Espero encontrar siempre en Ustedes esa recíproca colaboración para el bien común de los ciudadanos que habitan este Departamento y esta ciudad, católicos en su inmensa mayoría. La Iglesia no busca privilegios, sólo busca libertad para ejercer la misión que desde hace siglos viene enriqueciendo a la sociedad de múltiples maneras. La iglesia no impone a nadie su forma de pensar, pues la fe no se impone, sino que se propone. La Iglesia sabe convivir en medio de una sociedad plural respetando a todos sus ciudadanos, porque la Iglesia es experta en humanidad. Pero la Iglesia, pastores y fieles, no puede dejar de proclamar la verdad de Dios que salva al hombre, la verdad del Evangelio por el que han dado su vida miles y miles de santos en su historia bimilenaria. Temas siempre actuales como el matrimonio y la vida humana, la educación, la justicia y los derechos humanos, etc. No podemos callar sobre estos temas tan delicados y que afectan el bien del hombre, si calláramos cediendo al relativismo que nos envuelve o por complacer al auditorio o por miedo a no molestar a quienes nos mandan callar, traicionaríamos nuestros más sagrados deberes.

Al reemprender el trabajo pastoral en esta porción de Iglesia, pero ahora como Obispo, quisiera decirles que con gusto me entregaré al servicio de la Iglesia, de todos ustedes, de los más necesitados, de los pobres, que son en verdad los tesoros de la Iglesia. Continuaré anunciando el Evangelio con el entusiasmo de los misioneros, misioneras y laicos que abrieron camino de evangelio en estos Llanos de la patria. ¡Cómo no recordar con un profundo agradecimiento, en nuestra historia reciente a los Misioneros Monfortianos, a las Hermanas de la Sabiduría, a las Misioneras Lauritas, a las Hermanas de la Presentación, a los Misioneros Redentoristas! No puedo dejar de mencionar, de manera especial, a Monseñor Aurelio Rozo, quien trabajó tanto por la entonces prefectura del Vichada. A él deseo pronta recuperación. El Vichada le debe mucho.

Está entre nosotros, siempre tan cercano a esta misión, el primer obispo del Vicariato de Puerto Carreño, Monseñor Álvaro Efrén Rincón Rojas. Con su humildad, sencillez y bondad se ganó el cariño de los vichadenses. El Vicariato de Puerto Carreño está agradecido por su servicio pastoral. Monseñor Rincón las semillas de Evangelio que con tanto sacrificio y amor esparció en esta tierra llanera, ya empiezan a dar sus frutos. Otros han sembrado con lágrimas, a mí me toca, en cierta manera, recoger entre cantares. Y todo ello es un fuerte estímulo para seguir sembrando, gastando mi vida por ustedes. Monseñor Rincón, sigo contando con sus valiosas indicaciones y prudentes consejos.

Estimados hermanos y hermanas, comienzo esta nueva etapa de mi vida lleno de esperanza y entusiasmo. Quedan atrás otras etapas en la que Dios me ha hecho feliz, el seminario menor en Manizales, el noviciado en Piedecuesta, los estudios filosóficos y teológicos en Tlalpizahuac y Bogotá, el ministerio sacerdotal como misionero, mi época de formador, mi servicio como provincial.

Y más lejos en el tiempo, pero siempre cercanos en el afecto, la etapa de mi pueblo natal, Génova, Quindío, del que nunca me he sentido desarraigado, sino al que vuelvo con los mejores recuerdos de mi infancia y juventud, con el recuerdo de mis padres y mis abuelos, de mis hermanos y hermanas y demás familiares; con el recuerdo de tantos amigos ausentes, pero representados por el alcalde de Génova, Doctor Jhon Didier Grisales. Gracias por venir hasta Puerto Carreño, gracias por representar a mis paisanos.

Ustedes que me conocieron antes de ser ordenado Obispo, con seguridad se están preguntando: ¿ahora cómo lo llamamos? No entren en dificultad, la gente llama al Obispo de tantos modos: en Francia, y en los países de lengua francesa, lo llaman Monseñor; en Italia, en España, lo llaman casi siempre Excelencia; en Alemania, en Inglaterra más simplemente, Señor Obispo; pero el título más bello que califica la función y la misión del Obispo, es el de Padre: ¡Padre Obispo! Aunque no estamos acostumbrados, sería bello llamar a este hombre, así: Padre Obispo, pues no es un señor, ni una autoridad de la tierra, sino que es sólo y siempre el signo viviente del Padre: es verdaderamente padre de los fieles y de la comunidad”.

Gracias a todos, gracias a los padres de la catedral y laicos en general que han colaborado en la realización de esta fiesta. Gracias al Padre Leiner por su compañía y preparación de la ceremonia de posesión. Gracias a don Roberto Albornóz por poner a disposición La Voz de La vorágine para transmitir esta celebración.

Recen todos por este obispo para que sea un humilde obrero en la viña del Señor, porque si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad. Aquí está la esclava del Señor.

 

Homilía ordenación Ovidio Reyes

MISA ORDENACIÓN PRESBITERAL

OVIDIO REYES SUÁREZ

BOGOTÁ, SEPTIEMBRE 25 DE 2010

Estimado Ovidio, gracias al ministerio que la Iglesia me ha confiado, enseguida te voy a ordenar como presbítero de la Iglesia Católica. Este es un motivo de gran alegría para la Iglesia Universal, para el Vicariato Apostólico de Puerto Carreño, para tu querida familia y para muchos de tus amigos que han orado por ti para que se diera este momento.

El rito de ordenación es simple: imposición de manos, acompañada de la oración consecratoria. Pero, no por el hecho de ser un rito simple, es poco profundo. Es que a lo largo de la historia de la salvación, el poder y la grandeza de Dios se ha manifestado en la simplicidad de los gestos y de las palabras.

Algo muy sencillo va a transformar tu vida. Misterio que sólo un cristiano de fe, de corazón sencillo y abierto a Dios es capaz de descubrir y vivir intensamente. Te aseguro que para saborear este misterio de amor no se necesitan muchos estudios de filosofía ni de teología. Es necesaria la gracia que sólo Dios da y el esfuerzo humano.

A ver, tú Ovidio, con seguridad a lo largo de tu proceso de formación, que entre otras cosas lo hiciste con perseverancia, insistencia y a pulso, descubriste que la vocación al sacerdocio es un llamado gratuito de Dios que exige una respuesta libre. A lo largo de tu proceso y discernimiento vocacional tuviste que purificar algunas falsas motivaciones vocacionales, como el reconocimiento social, el ganar dinero para sostener la familia o tener ciertas comodidades más allá de las normales. Estoy seguro que tu motivación fundamental fue y es el seguimiento de Cristo.

Hoy con mucho cariño, querido Ovidio, te recuerdo que el sacerdocio no es un oficio o profesión como sí los son más la medicina, la abogacía, la contaduría, la docencia. El sacerdocio no se consigue con dinero, ni se transmite de generación en generación, ni siquiera puede ser el resultado de haber terminado los estudios seminarísticos requeridos. El sacerdocio es un regalo de Dios, es una vocación. Si, vocación por que es Dios quien nos llama y nos envía. Es Dios que nos promete acompañarnos a lo largo de nuestro ministerio, es Dios quien nos confía un mensaje que anunciar.

Por su vocación y misión encomendada, el sacerdote realiza lo que ningún ser humano no ordenado puede realizar: en nombre de Cristo imparte la absolución de los pecados cambiando, a partir de Dios, la vida de un ser humano. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y del vino la acción de gracias que el mismo Cristo pronunció sentado a la mesa con sus discípulos; palabras que son palabras de transubstanciación, palabras que hacen presente a Cristo mismo, el resucitado.

El sacerdocio no es pues simplemente un oficio, es un sacramento. Dios se sirve de un pobre hombre con el fin de estar presente entre los hombres y obrar a favor de ellos. Hace poco escuchábamos la Palabra de Dios en Isaías, texto leído y apropiado por Jesús mismo en la Sinagoga: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor”. Y en el Evangelio Jesús envía a sus discípulos a anunciar el Evangelio y les da poder para expulsar todo aquello que menoscaba la dignidad del ser humano.

Esta es una verdadera audacia de Dios, que conociendo nuestra debilidad ha confiado en nosotros, y nos ha permitido hacerlo presente entre los hombres. Esta audacia de Dios es algo verdaderamente grande que se esconde en la palabra sacerdocio.

En pocas palabras podemos decir que ser pastor más que un oficio es una manera de vivir. Es una proyección de los sueños de Dios, de su paternidad desbordante y responsable. No es un tiempo y ni siquiera una parte de la vida. Es una consagración plena y total para pertenecer a Dios, para acoger, engendrar, animar y acompañar a su pueblo. Y por lo tanto para amar con desapego, con libertad, sin posesión.

Se requiere por lo tanto una espiritualidad de los afectos. ¡Qué camino tan hermoso y tan difícil! Para recorrerlo en paz son imprescindibles los Consejos evangélicos: La pobreza que lleva al desapego, la obediencia que produce libertad, el celibato que nos hace libres para amar. Son signos que hablan al mundo de nuestra pertenencia al Pastor de las ovejas y de nuestra disponibilidad para amar hasta el final.

El sacerdote es un pastor que acoge: Jesús acoge a la Magdalena, a Zaqueo, a la Samaritana, a Mateo, a Pedro. Acoge en sus horas de gloria y en la hora de la cruz. El es acogedor. La iglesia está llamada a acoger en todo tiempo. Aunque sea incomprensible para muchos, con el amor del Padre misericordioso la Iglesia madre acoge a los que el mundo margina y debe acoger hasta a sus mismos detractores. Jesús no excluye a nadie, pero privilegia a algunos.

Así debe ser el amor del pastor: abierto, amplio, concreto, singular, acogedor.

Pero también es un pastor que acompaña: Otro rasgo propio de nuestro pastoreo es el de acompañar a lo largo de la vida a las personas y a las comunidades que ayudamos a engendrar.

Es un pastor que ora: La presencia, el acompañamiento, la acogida, llaman también a la oración. Y por tratarse de la oración pastoral de un padre, de un pastor, es normal que tenga una connotación afectiva, como cuando ora Jesús por los suyos en la última cena (Jn 17).

Este es también el lenguaje primordial de la liturgia que encuentra en los salmos su libro de oración. Estos expresan los sentimientos profundos de Dios, de Cristo, de la humanidad y son capaces de purificar los sentimientos más oscuros del orante, que sometidos a la claridad de Dios se vuelven oblación.

Es un gesto hermoso de la Iglesia el poner en nuestras manos la Liturgia de las horas, así no seamos monjes sino apóstoles del Señor. La recibimos para servir con ella y no para dedicarla a nuestros propios sentimientos. La recitamos siempre en nombre de otros: somos boca de Cristo, boca de la Iglesia, y voz de los sin voz…de los que ni siquiera saben que se pude orar. Son sus sentimientos de euforia o de abatimiento, de claridad, o de angustia, sus gratitudes y sus perdones que ponemos en el corazón de Dios, para que Dios manifieste en todos ellos su presencia amorosa y pacificadora. Y Dios que ve en lo oculto, sabrá escuchar nuestra oración eclesial.

La oración es un ministerio inagotable. Siempre hay más. Es de esas realidades que mientras más se camina, más se descubren. Por eso hay que acercarse a ella en silencio, con humildad, con recogimiento, con amor, con todos nuestros sentidos.

Lo importante es orar, no dejar de orar, crecer en oración…perseverar aún en esos días en que nos pesa la liturgia de las horas, nos cuesta la intercesión o en que la actividad nos come y nos hace llegar rendidos por la noche, con sólo ganas de dormir. Orar con humildad, con paciencia.

Todos sabemos que sin una profunda vida espiritual ningún sacerdote será feliz en su vocación y misión. No encontrará sentido suficiente para seguir adelante con su propósito de servir al reino de Dios.

Precisamente en estos momentos de tanta dificultad y de crisis, su ordenación es un testimonio de confianza y de esperanza. La iglesia está viva y sigue peregrinando por el mundo anunciando el mensaje que el Señor Jesús nos ha confiado, primero a nosotros obispos, sucesores de los Apóstoles, y luego a los sacerdotes colaboradores de los obispos.

En este día te encomendamos a la protección maternal de la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes. Amén.

Homilía Bucaramanga

MONSEÑOR FRANCISCO ANTONIO CEBALLOS ESCOBAR

BUCARAMANGA, AGOSTO 19 DE 2010

Hace veinte días, a los pies del Señor de los Milagros de Buga, por imposición de manos de Su Excelencia Monseñor Aldo Cavalli, Nuncio de Su Santidad Benedicto VXI, el Señor me agració con el ministerio del episcopado. Don que quisiera compartir, en primer lugar, con cada uno de los hijos e hijas que peregrinan a ritmo de Evangelio en el Vicariato Apostólico de Puerto Carreño. Regalo que quisiera participar a ustedes, fieles de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, cohermanos redentoristas, amigos en general.

Al ser constituido sucesor de los Apóstoles, a Dios le pido la gracia de ser un Buen Pastor a ejemplo de su Hijo; a San Alfonso le imploro que acreciente en mí la sensibilidad pastoral que él tuvo, para saber leer y responder a los signos de los tiempos desde el Evangelio. A todos ustedes, les ruego, me obsequien la oración permanente para que el Señor me sostenga en fidelidad en el ministerio que me ha confiado.

Quizá muchos de ustedes hoy se están preguntando: ¿Quién es un Obispo?, ¿Qué hace un Obispo? Monseñor Cosmo Francesco Ruppi, en su libro intitulado “Obispo, ¿Quién eres Tú?”, nos dice al respecto: La primera cosa que hay que decir es que el Obispo es ante todo un cristiano, es decir, un bautizado, que es llamado a seguir a Cristo en el camino del Evangelio. Lo que más interesa de hecho en la Iglesia de Dios, no es ser sacerdote, hermano, Obispo o Papa, sino el ser hijo de Dios, ser un bautizado. Lo decía San Agustín: “Soy Obispo para Ustedes, Cristiano con Ustedes”.

El Obispo es ante todo un cristiano: su más grande aspiración, su deseo único, es permanecer siempre cristiano, morir como cristiano. El resto, el nombramiento y la función episcopal, los honores y las responsabilidades, el prestigio, todo es cuestión pasajera. El Obispo no está más arriba de los cristiano, sino es un cristiano entre los otros: bautizado junto a otros bautizados, hombre como los otros, con pecado original que el bautismo le ha borrado y otros pecados suyos personales. Un hombre, con virtudes y los defectos de todos los vivientes sobre la tierra; con las esperanzas y las desilusiones, con sueños y temores, con sus proyectos y sus continuas y recurrentes dificultades”.

¿Pero desde cuándo soy Obispo? Desde el momento de mi ordenación, es decir, desde el 30 de julio cuando Mons. Aldo Cavalli y cuarenta obispos más me impusieron las manos. Entonces me convertí en sucesor de los Apóstoles con el poder de enseñar, santificar y regir al pueblo de Dios.

Muchos de Ustedes que me conocieron en mi juventud cuando hacía el noviciado en Piedecuesta, o recién ordenado como misionero itinerante, o como consejero o superior Provincial se preguntan: ¿ahora cómo lo llamamos?

El mismo Monseñor Cosmo dice: “La gente llama al Obispo de tantos modos: en Francia, y en los países de lengua francesa, lo llaman Monseñor; en Italia, en España, lo llaman casi siempre Excelencia; en Alemania, en Inglaterra más simplemente, Señor Obispo; pero el título más bello que califica la función y la misión del Obispo, es el de Padre: ¡Padre Obispo! Aunque no estamos acostumbrados, sería bello llamar a este hombre, así: Padre Obispo, pues no es un señor, ni una autoridad de la tierra, sino que es sólo y siempre el signo viviente del Padre: es verdaderamente padre de los fieles y de la comunidad”.

El Obispo además de ser Padre, es Heraldo de la fe: El Concilio Vaticano II llama al Obispo heraldo de la fe que lleva nuevos discípulos para Cristo y es el maestro auténtico, es decir, dotado de la autoridad de Cristo que predica al pueblo, que le ha sido encomendado, la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida, la ilustra con la luz del Espíritu Santo… La hace fructificar y con vigilancia aparta de la grey los errores que la amenazan (LG. 25).

Pero es también ecónomo de la gracia y dispensador de los divinos misterios: Con la plenitud del sacramento del orden el obispo es llamado ecónomo de la gracia del supremo sacerdocio y es el primer presidente de la Eucaristía, el sacramento que hace vivir y crecer a la iglesia. Ecónomo de la gracia, quiere decir que el Obispo, juntamente con sus sacerdotes, santifica a la Iglesia con los sacramentos y ayuda en el camino de santidad de los fieles, llegando a ser él mismo, en primer lugar, un hombre que camina por los caminos de la santidad. Pero para ser ecónomo de la gracia, el Obispo debe ser ante todo un hombre de oración, porque como Moisés, es llamado a guiar el pueblo con la fuerza de Dios. Para el Obispo, por tanto, todo está aquí: oración y trabajo. Primero la oración y después del trabajo. Es más, toda su vida debe ser oración.

Pero el Obispo es también presidente de la caridad en su diócesis. Es decir, el Obispo tiene como primera tarea vivir el mandamiento de la caridad, enseñarlo a los demás, ayudar a todos a practicar el primer mandamiento del Señor. Siendo padre de la Iglesia, la primera virtud que debe resplandecer en él es el de la caridad, porque es propio de quien ama, apacentar la grey de Dios. La caridad, para los discípulos de Cristo, no es un sentimiento, una conveniencia, una oportunidad, sino un preciso y perentorio mandamiento: esto es lo que les mando, que se amen los unos a los otros.

Pastor de las almas. El Obispo, como Jesús, es también el Buen Pastor y debe ser un Pastor bueno que conoce sus ovejas y es conocido por ellas. La tarea principal del Obispo es la de guiar, defender, tutelar, apacentar el rebaño santo de Dios, que es el pueblo. Ayer la lectura de Ezequiel, se quejaba contra los malos pastores de Israel que se aprovechaban de sus ovejas. Que no les interesaba que se dispersaran. En el oficio de Pastor, el Obispo tiene siempre presente el ejemplo del Buen Pastor, que vino no para ser servido sino para servir y a dar su vida por las ovejas.

Queridos hermanos y hermanas, podría seguir describiendo las funciones y ministerio del Obispo, pero quisiera terminar esta breve reflexión pidiéndoles oraciones por los obispos, por su obispo, por mí, para que el Buen Pastor me de la gracia de pastorear el rebaño que me ha confiado con sabiduría, prudencia y amor. Es el mayor regalo que podemos recibir nosotros los pastores: el obsequio de la oración perseverante.

 

Homilía Manizales

MISA PONTIFICAL

MONSEÑOR FRANCISCO ANTONIO CEBALLOS ESCOBAR

MANIZALES, AGOSTO 15 DE 2010

Hace dos semanas, a los pies del Señor de los Milagros de Buga, por imposición de manos de Su Excelencia Monseñor Aldo Cavalli, Nuncio de Su Santidad Benedicto VXI, el Señor me agració con el ministerio del episcopado. Don que quisiera compartir, en primer lugar, con cada uno de los hijos e hijas que peregrinan a ritmo de Evangelio en el Vicariato Apostólico de Puerto Carreño. Regalo que quisiera participar a ustedes, fieles de la parroquia de Nuestra Señora de Lourdes, grupos apostólicos, que en mis primeros años de formación como seminarista menor, luego como presbítero me ayudaron a vivir con intensidad el llamado que el Señor me había hecho.

Al ser constituido sucesor de los Apóstoles, a Dios le pido la gracia de ser un Buen Pastor a ejemplo de su Hijo; a San Alfonso le imploro que acreciente en mí la sensibilidad pastoral que él tuvo, para saber leer y responder a los signos de los tiempos desde el Evangelio. A todos ustedes, les ruego, me obsequien la oración permanente para que el Señor me sostenga en fidelidad en el ministerio que me ha confiado.

Quizá muchos de ustedes hoy se están preguntando: ¿Quién es un Obispo, qué hace un Obispo? La primera cosa que hay que decir es que el Obispo es ante todo un cristiano, es decir, un bautizado, que es llamado a seguir a Cristo en el camino del Evangelio. Lo que más interesa de hecho en la Iglesia de Dios, no es ser sacerdote, hermano, Obispo o Papa, sino el ser hijo de Dios, ser un bautizado. Lo decía San Agustín: “Soy Obispo para Ustedes, Cristiano con Ustedes”.

El Obispo es ante todo un cristiano: su más grande aspiración, su deseo único, es permanecer siempre cristiano, morir como cristiano. El resto, el nombramiento y la función episcopal, los honores y las responsabilidades, el prestigio, todo es cuestión pasajera. El Obispo no está más arriba de los cristiano, sino es un cristiano entre los otros: bautizado junto a otros bautizados, hombre como los otros, con pecado original que el bautismo le ha borrado y otros pecados suyos personales. Un hombre, con virtudes y los defectos de todos los vivientes sobre la tierra; con las esperanzas y las desilusiones, con sueños y temores, con sus proyectos y sus continuas y recurrentes dificultades.

¿Pero desde cuándo soy Obispo? Desde el momento de mi ordenación, es decir, desde el 30 de julio cuando Mons. Aldo Cavalli y cuarenta obispos más me impusieron las manos. Entonces me convertí en sucesor de los Apóstoles con el poder de enseñar, santificar y regir al pueblo de Dios.

Muchos de Ustedes que me conocieron en mi adolescencia, o recién ordenado como misionero itinerante, o como director del Seminario, o profesor, rector del colegio o animador del IMSA, se preguntan: ¿ahora cómo lo llamamos?

La gente llama al Obispo de tantos modos: en Francia, y en los países de lengua francesa, lo llaman Monseñor; en Italia, en España, lo llaman casi siempre Excelencia; en Alemania, en Inglaterra más simplemente, Señor Obispo; pero el título más bello que califica la función y la misión del Obispo, es el de Padre: ¡Padre Obispo! Aunque no estamos acostumbrados, sería bello llamar a este hombre, así: Padre Obispo, pues no es un señor, ni una autoridad de la tierra, sino que es sólo y siempre el signo viviente del Padre: es verdaderamente padre de los fieles y de la comunidad.

El Obispo además de ser Padre, es Heraldo de la fe: El Concilio Vaticano II llama al Obispo heraldo de la fe que lleva nuevos discípulos para Cristo y es el maestro auténtico, es decir, dotado de la autoridad de Cristo que predica al pueblo, que le ha sido encomendado, la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida, la ilustra con la luz del Espíritu Santo… La hace fructificar y con vigilancia aparta de la grey los errores que la amenazan (LG. 25).

Pero es también ecónomo de la gracia y dispensador de los divinos misterios: Con la plenitud del sacramento del orden el obispo es llamado ecónomo de la gracia del supremo sacerdocio y es el primer presidente de la Eucaristía, el sacramento que hace vivir y crecer a la iglesia. Ecónomo de la gracia, quiere decir que el Obispo, juntamente con sus sacerdotes, santifica a la Iglesia con los sacramentos y ayuda en el camino de santidad de los fieles, llegando a ser él mismo, en primer lugar, un hombre que camina por los caminos de la santidad. Pero para ser ecónomo de la gracia, el Obispo debe ser ante todo un hombre de oración, porque como Moisés, es llamado a guiar el pueblo con la fuerza de Dios. Para el Obispo, por tanto, todo está aquí: oración y trabajo. Primero la oración y después del trabajo. Es más, toda su vida debe ser oración.

Pudiera seguir enunciando algunas cualidades y ministerio del Obispo, pero permítanme dirigir por un momento mi mirada de obispo a la siempre Virgen María, Asunta al cielo.

María en el Magnífica reconoce que el Todopoderoso ha hecho obras grandes en Ella. ¿Cuáles son esas obras grandes? Primeramente, la plenitud de la gracia con que ha sido concebida y que la ha acompañado a lo largo de su existencia terrena. Luego, el misterio de la maternidad divina, maravilloso gesto de amor del Padre a María y a la humanidad entera. Finalmente, Dios ha hecho de María el arca de la nueva alianza que, con Dios en su seno, es causa de bendición para Juan Bautista y sus padres. Las cosas grandes de Dios en María no terminan con el nacimiento de Jesús; Dios sigue actuando con su grandeza en el alma y en la vida de María, y la última de esas grandes obras de Dios en ella será precisamente la asunción en cuerpo y alma a la gloria celestial. María es la poseída por la gracia en el cuerpo y en el alma, la Inmaculada, en la que nada hay corruptible, porque todo en su persona es gracia, puro don de Dios.

María con toda su grandeza, no es una mujer diversa de las demás mujeres de la tierra. Ella es enteramente mujer, no un ser superior venido de otro planeta ni una creatura sobrenatural bajada del cielo. Ella se presenta en el Evangelio con todas las características de su feminidad y de su maternidad en unas circunstancias históricas concretas, a veces teñidas por el dolor, otras coronadas por el gozo. Siente como mujer, reacciona como mujer, sufre como mujer, ama como mujer. Su grandeza no procede de ella, sino de la obra maravillosa de Dios, eso sí, acogida y secundada fielmente por María. Su presencia gloriosa en el cielo no habla no sólo de un privilegio de María, sino de una llamada que Dios hace a todos para participar en esa misma vida en la plenitud de nuestro cuerpo y de nuestra alma. Como mujer de nuestra raza, ella es la figura más excelsa y a la vez que la más tierna y maternal de los mortales.

Jesucristo y María, su madre, ya han pasado la puerta del cielo con la plenitud de su ser. Nosotros estamos todavía en el umbral, viviendo en espera y esperanza, pero con la seguridad de que llegará el momento en que la puerta se abrirá para todos y comenzaremos a vivir en un mundo nuevo. No es un sueño, no es una simple promesa. Es realidad que esperamos con absoluta confianza en el poder de Dios. La asunción de María es garantía de nuestra esperanza.

Ella fue fiel al plan que Dios le había trazado. Ella supo cumplir la voluntad de Dios y decir sí, aún en las decisiones más difíciles que comprometía su existencia, su vida, su voluntad de manera total. Fue asunta al cielo, precisamente porque fiel. Fue asunta al cielo porque toda su vida buscó cumplir la voluntad de Dios. Fue asunta porque toda la vida estuvo marcada por el signo de la oración.

Dios coronó a María, no sólo por su maternidad, sino también por sus virtudes: su cridad, su humildad, su pureza, su paciencia, su mansedumbre, su perfecto homenaje de adoración, amor, alabanza y agradecimiento.

María tuvo una enorme confianza en Dios, su corazón lo tenía lleno de Dios. Vivió con una inmensa paz porque vivía en Dios, porque cumplió a la perfección con la voluntad de Dios durante toda su vida. Y esto es lo que la llevó a gozar en la gloria de Dios.

 

Homilía Posesión Canónica

HOMILÍA CON MOTIVO DE LA POSESIÓN CANÓNICA COMO VICARIO APOSTÓLICO DE PUERTO CARREÑO

CATEDRAL NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN DE PUERTO CARREÑO

22 DE AGOSTO DE 2010

SALUDOS Y AGRADECIMIENTOS

Saludo muy cordialmente a su Excelencia Mons. Aldo Cavalli. Por medio de Usted, Señor Nuncio, deseo manifestar mi comunión profunda, mi obediencia pronta y mi afecto sincero a Su Santidad Benedicto XVI; en Usted, Excelencia, le expreso mi agradecimiento por su ministerio humilde, respetuoso y amable, por su luminoso magisterio, por sus decisiones valientes para guiar la Iglesia y para servir a la humanidad en una hora llena de pruebas y de dolorosas dificultades. En esta adhesión a Cristo, a través del sucesor de Pedro, sé que aseguro sobre roca firme la fe de esta Iglesia particular que hoy se me confía.

Saludo a mis queridos hermanos en el episcopado. Agradezco la presencia de Monseñor Oscar Urbina, Arzobispo de Villavicencio, y de los demás señores obispos de la provincia eclesiástica que comparten conmigo, de modo más cercano, la fatiga y la esperanza de la misión que hoy inicio canónicamente. y de otras diócesis que hoy me acompañan. Con particular afecto saludo a Monseñor Álvaro Efrén Rincón Rojas, Obispo Emérito de este Vicariato, a mis hermanos de comunidad Monseñor Fabio de Jesús Morales y Arcadio Bernal Supelado, obispos eméritos de Sibundoy-Mocoa y Líbano-Honda, respectivamente.

Saludo con afectuoso respeto al Señor Gobernador del Vichada, doctor Juan Carlos Ávila Juanías, al Señor Alcalde de Puerto Carreño, Doctor Gregorio Hernández Colina, a los miembros de la Honorable Asamblea Departamental, a los distinguidos miembros del Concejo Municipal, a las demás autoridades civiles, militares y de policía…. Su cercanía en esta hora, que agradezco de corazón me hace sentir que no estoy solo en este ministerio que la Iglesia me ha encomendado.

Saludo con afecto entrañable al Padre Rafael Prada, Superior Provincial de los Redentoristas en Colombia, a su Consejo y demás sacerdotes redentoristas que hoy me acompañan. Un saludo especial para mis cohermanos redentoristas. Los Padres Néstor Fabio y Felipe de la Arquidiócesis de Manizales. al Padre Norberto, al diácono Ovidio, al seminarista Nelson, incardinados a esta Iglesia particular que trabajan conmigo anunciado el Evangelio y dispensando los tesoros de la gracia de Dios. A las religiosas y laicos. Saludo a cuantos forman esta familia, de manera especial los miembros del IMSA.

Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad.

El pasado 30 de julio, a los pies de la imagen veneranda del Señor de los Milagros fui ordenado obispo por imposición de manos de Monseñor Aldo Cavalli. Por eso hoy puedo decirles que vengo a Ustedes y me quedo aquí como sucesor de los Apóstoles. Ahí está la importancia de este momento, porque mediante la sucesión apostólica es Cristo quien llega a nosotros: en la palabra de los apóstoles y de sus sucesores es Él quien nos habla, mediante sus manos, es él quien actúa en los sacramentos; en la mirada de ellos es su mirada la que nos envuelve y nos hace sentir amados, acogidos en el corazón de Dios.

Aquí estoy para cumplir la voluntad de Dios, como dice la divisa de mi escudo episcopal: Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad. No he sido yo quien ha tomado la iniciativa, ha sido el Señor quien me ha llamado y conducido, desde el vientre de mi madre hasta este momento. Hace año y medio recorría todos los días las calles de Manhattan, Nueva York, para ir al instituto a estudiar inglés. Disfrutaba de esa gran ciudad, de sus museos, teatros, parques. Disfrutaba del estudio, de las amistades, de la comunidad redentorista que me acogió, de los hermanos hispanos de la parroquia. Como nunca he sido yo quien ha tomado la iniciativa, puse en oración, consulté a maestros del espíritu, y acepté la propuesta de venir a este rincón de la patria, donde primero nace el sol para los colombianos. Siendo provincial hice tres visitas a los cohermanos de esta misión, les confieso que nunca contemplé la posibilidad de venir a trabajar aquí. Todo me parecía triste, que alguna vez dije, preferiría ir al África que a Puerto Carreño. Nuca he pedido nada, nunca he rehusado nada, sino que ha sido el Señor quien me ha conducido, marcándome el tiempo y el lugar. Hoy debo confesar que siempre el Señor me ha acompañado en los servicios que he prestado y me ha hecho saborear las mieles de servir con desinterés. Por eso hoy digo, aquí estoy Señor para hacer tu voluntad.

Aquí estoy para decir otra vez mi sí al Señor, mi sí al misterio divino de salvación, mi sí a esta Iglesia de Puerto Carreño que camina a ritmo de evangelio. Quiero decir sí iluminado por la fe de Abrahám, si iluminado por el sí de María. Sí iluminado por el sí de Cristo.

No ignoro las dificultades y aun los sufrimientos que me esperan. Pero me confortan las palabras del apóstol Pablo: sé en quien me he confiado. Sé que en el Vicariato hay mucho por hacer en todos los órdenes. Me pongo a disposición, en primer lugar de la Iglesia, de Ustedes autoridades civiles, militares y de policía, sociedad civil, para trabajar juntos por el hombre que es el centro y la gloria de Dios. En la persona humana todos nos encontramos. Trabajemos juntos por los indígenas, por sus niños y niñas, por sus jóvenes, cuidemos el tesoro de los viejos que llevan impreso en sus memorias una tradición cultural que no podemos dejar perder. Trabajemos juntos por aquellos hombres y mujeres que han dejado sus tierras, su familia, sus tradiciones para venir a buscar en estos llanos inmensos posibilidades de progreso.