Homilía Bucaramanga

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MONSEÑOR FRANCISCO ANTONIO CEBALLOS ESCOBAR

BUCARAMANGA, AGOSTO 19 DE 2010

Hace veinte días, a los pies del Señor de los Milagros de Buga, por imposición de manos de Su Excelencia Monseñor Aldo Cavalli, Nuncio de Su Santidad Benedicto VXI, el Señor me agració con el ministerio del episcopado. Don que quisiera compartir, en primer lugar, con cada uno de los hijos e hijas que peregrinan a ritmo de Evangelio en el Vicariato Apostólico de Puerto Carreño. Regalo que quisiera participar a ustedes, fieles de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, cohermanos redentoristas, amigos en general.

Al ser constituido sucesor de los Apóstoles, a Dios le pido la gracia de ser un Buen Pastor a ejemplo de su Hijo; a San Alfonso le imploro que acreciente en mí la sensibilidad pastoral que él tuvo, para saber leer y responder a los signos de los tiempos desde el Evangelio. A todos ustedes, les ruego, me obsequien la oración permanente para que el Señor me sostenga en fidelidad en el ministerio que me ha confiado.

Quizá muchos de ustedes hoy se están preguntando: ¿Quién es un Obispo?, ¿Qué hace un Obispo? Monseñor Cosmo Francesco Ruppi, en su libro intitulado “Obispo, ¿Quién eres Tú?”, nos dice al respecto: La primera cosa que hay que decir es que el Obispo es ante todo un cristiano, es decir, un bautizado, que es llamado a seguir a Cristo en el camino del Evangelio. Lo que más interesa de hecho en la Iglesia de Dios, no es ser sacerdote, hermano, Obispo o Papa, sino el ser hijo de Dios, ser un bautizado. Lo decía San Agustín: “Soy Obispo para Ustedes, Cristiano con Ustedes”.

El Obispo es ante todo un cristiano: su más grande aspiración, su deseo único, es permanecer siempre cristiano, morir como cristiano. El resto, el nombramiento y la función episcopal, los honores y las responsabilidades, el prestigio, todo es cuestión pasajera. El Obispo no está más arriba de los cristiano, sino es un cristiano entre los otros: bautizado junto a otros bautizados, hombre como los otros, con pecado original que el bautismo le ha borrado y otros pecados suyos personales. Un hombre, con virtudes y los defectos de todos los vivientes sobre la tierra; con las esperanzas y las desilusiones, con sueños y temores, con sus proyectos y sus continuas y recurrentes dificultades”.

¿Pero desde cuándo soy Obispo? Desde el momento de mi ordenación, es decir, desde el 30 de julio cuando Mons. Aldo Cavalli y cuarenta obispos más me impusieron las manos. Entonces me convertí en sucesor de los Apóstoles con el poder de enseñar, santificar y regir al pueblo de Dios.

Muchos de Ustedes que me conocieron en mi juventud cuando hacía el noviciado en Piedecuesta, o recién ordenado como misionero itinerante, o como consejero o superior Provincial se preguntan: ¿ahora cómo lo llamamos?

El mismo Monseñor Cosmo dice: “La gente llama al Obispo de tantos modos: en Francia, y en los países de lengua francesa, lo llaman Monseñor; en Italia, en España, lo llaman casi siempre Excelencia; en Alemania, en Inglaterra más simplemente, Señor Obispo; pero el título más bello que califica la función y la misión del Obispo, es el de Padre: ¡Padre Obispo! Aunque no estamos acostumbrados, sería bello llamar a este hombre, así: Padre Obispo, pues no es un señor, ni una autoridad de la tierra, sino que es sólo y siempre el signo viviente del Padre: es verdaderamente padre de los fieles y de la comunidad”.

El Obispo además de ser Padre, es Heraldo de la fe: El Concilio Vaticano II llama al Obispo heraldo de la fe que lleva nuevos discípulos para Cristo y es el maestro auténtico, es decir, dotado de la autoridad de Cristo que predica al pueblo, que le ha sido encomendado, la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida, la ilustra con la luz del Espíritu Santo… La hace fructificar y con vigilancia aparta de la grey los errores que la amenazan (LG. 25).

Pero es también ecónomo de la gracia y dispensador de los divinos misterios: Con la plenitud del sacramento del orden el obispo es llamado ecónomo de la gracia del supremo sacerdocio y es el primer presidente de la Eucaristía, el sacramento que hace vivir y crecer a la iglesia. Ecónomo de la gracia, quiere decir que el Obispo, juntamente con sus sacerdotes, santifica a la Iglesia con los sacramentos y ayuda en el camino de santidad de los fieles, llegando a ser él mismo, en primer lugar, un hombre que camina por los caminos de la santidad. Pero para ser ecónomo de la gracia, el Obispo debe ser ante todo un hombre de oración, porque como Moisés, es llamado a guiar el pueblo con la fuerza de Dios. Para el Obispo, por tanto, todo está aquí: oración y trabajo. Primero la oración y después del trabajo. Es más, toda su vida debe ser oración.

Pero el Obispo es también presidente de la caridad en su diócesis. Es decir, el Obispo tiene como primera tarea vivir el mandamiento de la caridad, enseñarlo a los demás, ayudar a todos a practicar el primer mandamiento del Señor. Siendo padre de la Iglesia, la primera virtud que debe resplandecer en él es el de la caridad, porque es propio de quien ama, apacentar la grey de Dios. La caridad, para los discípulos de Cristo, no es un sentimiento, una conveniencia, una oportunidad, sino un preciso y perentorio mandamiento: esto es lo que les mando, que se amen los unos a los otros.

Pastor de las almas. El Obispo, como Jesús, es también el Buen Pastor y debe ser un Pastor bueno que conoce sus ovejas y es conocido por ellas. La tarea principal del Obispo es la de guiar, defender, tutelar, apacentar el rebaño santo de Dios, que es el pueblo. Ayer la lectura de Ezequiel, se quejaba contra los malos pastores de Israel que se aprovechaban de sus ovejas. Que no les interesaba que se dispersaran. En el oficio de Pastor, el Obispo tiene siempre presente el ejemplo del Buen Pastor, que vino no para ser servido sino para servir y a dar su vida por las ovejas.

Queridos hermanos y hermanas, podría seguir describiendo las funciones y ministerio del Obispo, pero quisiera terminar esta breve reflexión pidiéndoles oraciones por los obispos, por su obispo, por mí, para que el Buen Pastor me de la gracia de pastorear el rebaño que me ha confiado con sabiduría, prudencia y amor. Es el mayor regalo que podemos recibir nosotros los pastores: el obsequio de la oración perseverante.

 

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