Homilía Manizales

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MISA PONTIFICAL

MONSEÑOR FRANCISCO ANTONIO CEBALLOS ESCOBAR

MANIZALES, AGOSTO 15 DE 2010

Hace dos semanas, a los pies del Señor de los Milagros de Buga, por imposición de manos de Su Excelencia Monseñor Aldo Cavalli, Nuncio de Su Santidad Benedicto VXI, el Señor me agració con el ministerio del episcopado. Don que quisiera compartir, en primer lugar, con cada uno de los hijos e hijas que peregrinan a ritmo de Evangelio en el Vicariato Apostólico de Puerto Carreño. Regalo que quisiera participar a ustedes, fieles de la parroquia de Nuestra Señora de Lourdes, grupos apostólicos, que en mis primeros años de formación como seminarista menor, luego como presbítero me ayudaron a vivir con intensidad el llamado que el Señor me había hecho.

Al ser constituido sucesor de los Apóstoles, a Dios le pido la gracia de ser un Buen Pastor a ejemplo de su Hijo; a San Alfonso le imploro que acreciente en mí la sensibilidad pastoral que él tuvo, para saber leer y responder a los signos de los tiempos desde el Evangelio. A todos ustedes, les ruego, me obsequien la oración permanente para que el Señor me sostenga en fidelidad en el ministerio que me ha confiado.

Quizá muchos de ustedes hoy se están preguntando: ¿Quién es un Obispo, qué hace un Obispo? La primera cosa que hay que decir es que el Obispo es ante todo un cristiano, es decir, un bautizado, que es llamado a seguir a Cristo en el camino del Evangelio. Lo que más interesa de hecho en la Iglesia de Dios, no es ser sacerdote, hermano, Obispo o Papa, sino el ser hijo de Dios, ser un bautizado. Lo decía San Agustín: “Soy Obispo para Ustedes, Cristiano con Ustedes”.

El Obispo es ante todo un cristiano: su más grande aspiración, su deseo único, es permanecer siempre cristiano, morir como cristiano. El resto, el nombramiento y la función episcopal, los honores y las responsabilidades, el prestigio, todo es cuestión pasajera. El Obispo no está más arriba de los cristiano, sino es un cristiano entre los otros: bautizado junto a otros bautizados, hombre como los otros, con pecado original que el bautismo le ha borrado y otros pecados suyos personales. Un hombre, con virtudes y los defectos de todos los vivientes sobre la tierra; con las esperanzas y las desilusiones, con sueños y temores, con sus proyectos y sus continuas y recurrentes dificultades.

¿Pero desde cuándo soy Obispo? Desde el momento de mi ordenación, es decir, desde el 30 de julio cuando Mons. Aldo Cavalli y cuarenta obispos más me impusieron las manos. Entonces me convertí en sucesor de los Apóstoles con el poder de enseñar, santificar y regir al pueblo de Dios.

Muchos de Ustedes que me conocieron en mi adolescencia, o recién ordenado como misionero itinerante, o como director del Seminario, o profesor, rector del colegio o animador del IMSA, se preguntan: ¿ahora cómo lo llamamos?

La gente llama al Obispo de tantos modos: en Francia, y en los países de lengua francesa, lo llaman Monseñor; en Italia, en España, lo llaman casi siempre Excelencia; en Alemania, en Inglaterra más simplemente, Señor Obispo; pero el título más bello que califica la función y la misión del Obispo, es el de Padre: ¡Padre Obispo! Aunque no estamos acostumbrados, sería bello llamar a este hombre, así: Padre Obispo, pues no es un señor, ni una autoridad de la tierra, sino que es sólo y siempre el signo viviente del Padre: es verdaderamente padre de los fieles y de la comunidad.

El Obispo además de ser Padre, es Heraldo de la fe: El Concilio Vaticano II llama al Obispo heraldo de la fe que lleva nuevos discípulos para Cristo y es el maestro auténtico, es decir, dotado de la autoridad de Cristo que predica al pueblo, que le ha sido encomendado, la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida, la ilustra con la luz del Espíritu Santo… La hace fructificar y con vigilancia aparta de la grey los errores que la amenazan (LG. 25).

Pero es también ecónomo de la gracia y dispensador de los divinos misterios: Con la plenitud del sacramento del orden el obispo es llamado ecónomo de la gracia del supremo sacerdocio y es el primer presidente de la Eucaristía, el sacramento que hace vivir y crecer a la iglesia. Ecónomo de la gracia, quiere decir que el Obispo, juntamente con sus sacerdotes, santifica a la Iglesia con los sacramentos y ayuda en el camino de santidad de los fieles, llegando a ser él mismo, en primer lugar, un hombre que camina por los caminos de la santidad. Pero para ser ecónomo de la gracia, el Obispo debe ser ante todo un hombre de oración, porque como Moisés, es llamado a guiar el pueblo con la fuerza de Dios. Para el Obispo, por tanto, todo está aquí: oración y trabajo. Primero la oración y después del trabajo. Es más, toda su vida debe ser oración.

Pudiera seguir enunciando algunas cualidades y ministerio del Obispo, pero permítanme dirigir por un momento mi mirada de obispo a la siempre Virgen María, Asunta al cielo.

María en el Magnífica reconoce que el Todopoderoso ha hecho obras grandes en Ella. ¿Cuáles son esas obras grandes? Primeramente, la plenitud de la gracia con que ha sido concebida y que la ha acompañado a lo largo de su existencia terrena. Luego, el misterio de la maternidad divina, maravilloso gesto de amor del Padre a María y a la humanidad entera. Finalmente, Dios ha hecho de María el arca de la nueva alianza que, con Dios en su seno, es causa de bendición para Juan Bautista y sus padres. Las cosas grandes de Dios en María no terminan con el nacimiento de Jesús; Dios sigue actuando con su grandeza en el alma y en la vida de María, y la última de esas grandes obras de Dios en ella será precisamente la asunción en cuerpo y alma a la gloria celestial. María es la poseída por la gracia en el cuerpo y en el alma, la Inmaculada, en la que nada hay corruptible, porque todo en su persona es gracia, puro don de Dios.

María con toda su grandeza, no es una mujer diversa de las demás mujeres de la tierra. Ella es enteramente mujer, no un ser superior venido de otro planeta ni una creatura sobrenatural bajada del cielo. Ella se presenta en el Evangelio con todas las características de su feminidad y de su maternidad en unas circunstancias históricas concretas, a veces teñidas por el dolor, otras coronadas por el gozo. Siente como mujer, reacciona como mujer, sufre como mujer, ama como mujer. Su grandeza no procede de ella, sino de la obra maravillosa de Dios, eso sí, acogida y secundada fielmente por María. Su presencia gloriosa en el cielo no habla no sólo de un privilegio de María, sino de una llamada que Dios hace a todos para participar en esa misma vida en la plenitud de nuestro cuerpo y de nuestra alma. Como mujer de nuestra raza, ella es la figura más excelsa y a la vez que la más tierna y maternal de los mortales.

Jesucristo y María, su madre, ya han pasado la puerta del cielo con la plenitud de su ser. Nosotros estamos todavía en el umbral, viviendo en espera y esperanza, pero con la seguridad de que llegará el momento en que la puerta se abrirá para todos y comenzaremos a vivir en un mundo nuevo. No es un sueño, no es una simple promesa. Es realidad que esperamos con absoluta confianza en el poder de Dios. La asunción de María es garantía de nuestra esperanza.

Ella fue fiel al plan que Dios le había trazado. Ella supo cumplir la voluntad de Dios y decir sí, aún en las decisiones más difíciles que comprometía su existencia, su vida, su voluntad de manera total. Fue asunta al cielo, precisamente porque fiel. Fue asunta al cielo porque toda su vida buscó cumplir la voluntad de Dios. Fue asunta porque toda la vida estuvo marcada por el signo de la oración.

Dios coronó a María, no sólo por su maternidad, sino también por sus virtudes: su cridad, su humildad, su pureza, su paciencia, su mansedumbre, su perfecto homenaje de adoración, amor, alabanza y agradecimiento.

María tuvo una enorme confianza en Dios, su corazón lo tenía lleno de Dios. Vivió con una inmensa paz porque vivía en Dios, porque cumplió a la perfección con la voluntad de Dios durante toda su vida. Y esto es lo que la llevó a gozar en la gloria de Dios.

 

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