Homilía misa Génova

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MISA PONTIFICAL

MONSEÑOR FRANCISCO ANTONIO CEBALLOS ESCOBAR

GÉNOVA, AGOSTO 8 DE 2010

Su Excelencia Reverendísima Mons. Fabio Duque Jaramillo, Obispo de Armenia; estimados Monseñores Álvaro Efrén Rincón Rojas, Obispo Emérito del Vicariato de Puerto Carreño, y Fabio de Jesús morales Grisales, Obispo Emérito de la Diócesis de Mocoa-Sibundoy. Estimado padre Noel Antonio Londoño, Vicario del Provincial Redentorista y Rector de la Basílica del Señor de los Milagros de Buga; padre Joao Pedro Fernández Consultor General de la Congregación del Santísimo Redentor. Estimado padre Felipe, párroco de la parroquia San José de Génova, Estimados sacerdotes acompañantes, religiosas y religiosos, seminaristas. Señor Jhon Didier Grisales, alcalde municipal y su distinguida esposa; Doctor Gerardo Corredor, demás autoridades civiles, militares y de policía.

Hace diez días, a los pies del Señor de los Milagros de Buga, por imposición de manos de Su Excelencia Monseñor Aldo Cavalli, Nuncio de Su Santidad Benedicto VXI, el Señor me agració con el ministerio del episcopado. Don que quisiera compartir en primer lugar, con cada uno de los hijos e hijas que peregrinan a ritmo de Evangelio en el Vicariato Apostólico de Puerto Carreño; con todos los misioneros redentoristas de Colombia y el mundo, con ustedes queridos paisanos. Al ser constituido sucesor de los Apóstoles, a Dios le pido la gracia de ser un Buen Pastor a ejemplo de su Hijo; a San Alfonso le imploro que acreciente en mí la sensibilidad pastoral que él tuvo, para saber leer y responder a los signos de los tiempos desde el Evangelio. A todos ustedes, les ruego, me obsequien la oración permanente para que el Señor me sostenga en fidelidad en el ministerio que me ha confiado. Por tal motivo ofrezcamos esta mi primera eucaristía como Obispo en mi pueblo natal.

Hermanos y hermanas, cómo he deseado compartir con ustedes el llamado que Dios me hizo para ser sucesor de los Apóstoles. Pues llegó el momento, aquí estoy, con el agradecimiento a esta patria chica en donde conocí el mundo que Dios me había preparado, en donde transcurrió mi niñez y adolescencia, respiré y asimilé los valores humanos y cristianos de mi entorno familiar y social. Valores que me han permitido moverme por el mundo como embajador de este rincón quindiano, suelo bendito donde afincaron sus raíces mis mayores.

¿Cómo no elevar una oración agradecida a Dios por haberme permitido nacer y crecer aquí en Génova? Parodiando al salmista, hoy exclamo: “!Si me olvido de ti Jerusalén, si me olvido de ti Génova, que se me paralice la mano derecha, que se me pegue la lengua al paladar!

Es verdad que a Génova se la conoce e identifica como una de las regiones más azotadas por la violencia; es verdad que fuera de sus fronteras al hablar de Génova la gente no se resiste a identificarla con la tierra de Manuel Marulanda y de Garavito. Es verdad que las altas cordilleras han sido refugio de los enemigos de la paz, pero también es verdad que la gran mayoría de sus habitantes son poseedores de los más profundos y aquilatados valores humanos y cristianos. Se aplica aquí la parábola bíblica del trigo y la cizaña, donde el trigo y la cizaña, o la maleza crecieron juntas, pero al final, cuando llegue la siega, el Señor dirá a los segadores: “coged primero la cizaña, y haced gavillas de ella para el fuego, y meted después el trigo en mi granero” (Mt. 13, 30).

Se de personas que al conocer mi nombramiento como obispo se han preguntado sorprendidos: ¿Es que de Génova puede salir un obispo? ¿Será posible que del seno de la familia Ceballos Escobar pueda surgir un sucesor de los Apóstoles? Ante estos cuestionamientos, me viene a la memoria la actitud y sorpresa de los paisanos de Jesús al oír su predicación llamando a la conversión, o al verlo expulsar espíritus inmundos y hablar con autoridad. ¿No es éste el hijo del carpintero. ¿Sus familiares no viven entre nosotros? ¿Quién le ha dando tanto poder o autoridad? Ese poder le vino del dedo de Dios.

Pues para que ustedes vean que de Génova puede salir un sucesor de los Apóstoles, aquí estoy en medio de ustedes, cuando todavía mi cabeza huele a Crisma.

Quizá muchos de ustedes hoy se preguntan: ¿Quién es un Obispo, qué hace un Obispo? La primera cosa que hay que decir para evitar equívocos y dejar las cosas en su lugar, es que el Obispo es ante todo un cristiano, es decir, un bautizado, que es llamado a seguir a Cristo en el camino del Evangelio. Lo que más interesa de hecho en la Iglesia de Dios, no es ser sacerdote, hermano, Obispo o Papa, sino el ser hijo de Dios, ser un bautizado. Lo decía en su tiempo San Agustín cuando afirmaba: “Soy Obispo para Ustedes, Cristiano con Ustedes”.

El Obispo es ante todo un cristiano: su más grande aspiración, su deseo único, es permanecer siempre cristiano, morir como cristiano. El resto, el nombramiento y la función episcopal, los honores y las responsabilidades, el prestigio, todo es cuestión pasajera. El Obispo no está más arriba de los cristiano, sino es un cristiano entre los otros: bautizado junto a otros bautizados, hombre como los otros, con pecado original que el bautismo le ha borrado y otros pecados suyos personales. Un hombre, con virtudes y los defectos de todos los vivientes sobre la tierra; con las esperanzas y las desilusiones, con sueños y temores, con sus proyectos y sus continuas y recurrentes dificultades.

También él fue niño de catecismo, quizá también acólito; después fue al seminario. Hizo un largo camino antes de llegar a ser Obispo. Permítanme compartir brevemente, cuál fue mi camino:

1. EN UN CUATRO DE MARZO

Nací un cuatro de marzo de 1958, bajo el gobierno del General y dictador Rojas Pinilla, el que trajo la televisión a Colombia. La Violencia se había recrudecido en la región, es lo que los historiadores llaman la segunda ola de violencia.

Junto a la cama estaba papá y Rosalbina, la enfermera. Vestido blanco, guantes de plástico, alcohol, algodón, tijeras; era todo lo que se poseía para el trabajo de parto. Desde muy temprano todo se había dispuesto. A la hora del almuerzo, se escuchó el llanto de un recién nacido; todos los presentes corrieron a la pieza para averiguar salud, sexo, peso, color y buscar el parecido. Los niños no entendían por donde había entrado porque habían estado pendientes del momento que llegara. Una nueva decepción para aquellos que aprendieron que a los niños los trae la cigüeña de París. Según las instrucciones dados con antelación, los niños salieron de prisa al vecindario llevando la noticia: que mi mamá la manda a saludar y a ofrecerle un niño. Entonces los vecinos replicaban: dígale a su mamá que la mando a felicitar y que más tarde voy a saludarla.

A la hora de pensar en nombres para registrarme y llevarme a la pila bautismal, hubo opiniones encontradas. Francisco Antonio se va a llamar, como mi padre, dijo con orgullo mi papá; llamémoslo Casimiro, replicó la enfermera Rosalbina, pues nació el día del santo. Gracias a que mi papá era un hombre de palabra, me evitaron días difíciles de escuela. Al fin de cuentas ni Casimiro ni Francisco, todos me decían Pacho o pachito.

A los ocho días, cuando aún no había abierto los ojos, Roberto Franco y Hermelina Restrepo, me acercaron a la pila bautismal para hacerme Hijo de Dios y miembro de la Iglesia. El padre Vallejo vertió sobre mi cabeza e invocó al Dios Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El 14 de Agosto, cuando apenas contaba con tres años de edad, Monseñor Jesús Martínez Vargas me confirmó, siendo mi padrino Don Gelasio Heredia.

Mi niñez transcurrió como la del resto de mis hermanos. Jugué a los carros, pero de fabricación casera: tarros, latas de sardinas, cajas de cartón halados por un hilo, y uno que otro más fino, de pilas o de cuerda, que mandaba la tía Celia de Pereira. Mamá se las ingeniaba para que estuviéramos contentos. ¡Cómo disfruté mi niñez con estos juegos infantiles¡

Pero no todo eran juegos. Antes de que se consumieran las velas de parafina, repetíamos al unísono, reunidos alrededor de la cama de papá y mamá: el por la señal de la santa cruz… El Ángel de la guarda mi dulce compañía… El Padre nuestro que estás en los cielos…, y el Dios te salve María. Muchas veces no alcanza a llegar ni al Ángel de la guarda porque era dominado por el sueño por el trajín del día.

Con apenas siete años sentí mucho la muerte de mi hermano Carlos Alberto. Con él jugábamos a celebrar la misa después de asistir a ella. Una sábana blanca era el ornamento, una taza era el copón, y la arepa del desayuno, simbolizaba el cuerpo de Cristo. Los dos afirmábamos que queríamos ser sacerdotes. Aunque él siempre presidía, recibí el legado y el compromiso de llegar un día al altar para hacer realidad sacramental nuestros juegos infantiles.

2. EN LA ESCUELA DE DOÑA ADELFA

A los ocho años empecé la escuela primaria. En el primer piso de la casa de mi tío Miguel, funcionaba el Colegio El Espíritu Santo. Una habitación grande, era suficiente para albergar a 60 alumnos que cursábamos la primaria. Doña Adelfa, una vieja profesora con vocación de maestra, atendía con Virginia los cinco cursos, separados por tableros. Todos los días, a primera hora, se escuchaba el coro de los niños y niñas repetir el mismo repertorio: uno por uno, uno; uno por dos, dos; uno por tres…. hasta llegar a la tabla del doce. Primero las tablas de multiplicar, después la oración y los relatos de la historia sagrada.

Con gusto leía la cartilla “Alegría de leer”. Las fábulas de Rafael Pombo y el catecismo del Padre Astete con el cual el padre Horacio Gil, me preparó para la primera comunión el 8 de diciembre de 1966.

Continué los estudios de primaria en la Concentración Escolar Simón Bolívar. Tuve como tutores a insignes y distinguidos profesores que no sólo me comunicaron su saber, sino que también me ayudaron a conocer y amar a Dios. Recuerdo con agradecimiento a Rubén López Márquez, Gonzalo López, Orlando Cubillos.

Muchas veces quise ser acólito, pero ese ministerio estaba reservado para los hijos de Juan de la Cruz Narváez. Me contentaba con proclamar las lecturas de la misa. Como me gustaba estar en el templo participaba en las dos misas diarias. Desde entonces contemplaba la posibilidad de ser sacerdote.

3. GANARME EL PAN CON EL SUDOR DE LA FRENTE

Desde muy pequeño me gustó trabajar para tener algunos pesos. En el solar de la casa organicé una huerta. Salía de casa en casa ofreciendo las lechugas, el cilantro, los repollos. De la finca traía las moras de castilla. Vendía los quesos que mi mamá fabricaba con la leche que le sobraba

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En la cantina de doña Josefina le colaboraba como barman. Trabajo que tuve que dejar ante el temor de que los borrachos pasados de copas, desenfundaran sus machetes y convertían el bar en un verdadero campo de batalla.

En el campo deportivo me desempeñaba bastante bien. Pertenecí a un equipo llamados Los Artilleros. Por las noches alternaba con el equipo de Básquet ball.

En algún momento de mi vida quise incursionar en el canto y de hecho participé en un concurso de la canción representando al curso; en ese intento me fue bastante mal porque después de ensayar durante mucho tiempo, a la hora de participar nos nervios me hicieron olvidar la letra de la canción.

Durante este tiempo todos los días asistía a la eucaristía dos veces al día. En la mañana asistía por devoción, en la tarde como disculpa para salir con mis amigos a la calle. Después de misa dábamos unas cuantas vueltas por la calle principal, la del “Yoyo”, degustábamos un aromático tinto que cada uno pagaba a lo americano. Más tarde entrábamos a Candilejas a jugar dama china; a las ocho, cuando doblaban las campanas y todos pensábamos que salían las ánimas a recorrer el pueblo, corríamos a casa, donde nos esperaban para desgranar los misterios del rosario.

5. LA IDEA DE IR AL SEMINARIO

Llegó a Génova un misionero redentorista, simpático por su robustez y la sotana blanca con el ruedo más arriba de los tobillos. El padre Manuel Antonio Guerrero.

Mientras me dedicaba a mis labores del estudio, en el salón de segundo B, bajo la dirección de Yamil Avivi, pasó la voz entre los compañeros del curso: que a Pacho lo solicita un padre. Me sorprendí un poco, fue verdad. Con timidez salí a buscar en el patio a quien me buscaba, mientras observé que no era el único, pues otros ya hacían fila para hablar con el enigmático sacerdote. Durante largo rato me llegó el turno. Por largo rato conversamos acerca de mi familia, los hobbis, intereses y proyectos. Me preguntó sin titubeos que si quería ir al seminario. Me entró la inquietud por saber el nombre de quien me había postulado o veía en mí las cualidades para ser sacerdote, y sin mediar más palabras le interrogué el porqué de la pregunta. El Padre Augusto, me había recomendado como un buen chico, líder, participativo y de misa y comunión diaria.

Con ocasión de la fiesta del estudiante se organizó un paseo al Valle del Cauca. Visitamos la hacienda El Paraíso y la Basílica del Señor de los Milagros de Buga. El encuentro con el Milagroso definitivamente marcó mi vida. Sumido en la oración le pedí al Señor que me ayudara a ganar el año. Hice la promesa de dedicarme al servicio del Señor por toda la vida como sacerdote. En silencio repetía: Señor, si tú quieres, si es tu voluntad, seré uno de los tuyos. Esa fue la promesa. Si ganaba el año sería sacerdote. Gané el año y debía cumplir mi promesa, pero no me fui de inmediato al seminario. Al terminar cuarto o noveno, respondí positivamente a la invitación que me hizo el Padre Guerrero.

Encontré apoyo en mis padres y también la consabida recomendación de mi mamá: si haz de ser un buen sacerdote no dudes ir al seminario. Conozco muchos que se han retirado y no son fieles al ministerio. Yo sabía que pondría todo de mi parte para ser un buen sacerdote. Hasta el momento no se si lo he logrado, pero tengo la convicción que he luchado para serlo.

En Manizales terminé el bachillerato. Luego hice el noviciado en Piedecuesta, la filosofía en Bogotá, la teología en México y Bogotá. Cuando me ordené me enviaron a un equipo misionero. Luego me pidieron ser formador. Más tarde forme parte del equipo directivo de la Provincia, hasta llegar a ser superior de los redentoristas de Colombia por dos trienios consecutivos. Estando en los Estados Unidos estudiando me llamaron a colaborar como administrador del Vicariato Apostólico de Puerto Carreño, y el 10 de junio el Santo Padre me nombró como Obispo titular de Zarna y Vicario Apostólico de Puerto Carreño.

¿Pero desde cuándo soy Obispo? Desde el momento de mi ordenación, es decir, desde el 30 de julio cuando Mons. Aldo Cavalli y cuarenta obispos más me impusieron las manos. Entonces me convertí en sucesor de los Apóstoles con el poder de enseñar, santificar y regir al pueblo de Dios.

Muchos de Ustedes que me conocieron en mi niñez y adolescencia, o recién ordenado como misionero itinerante, se preguntan: ¿Ahora cómo lo llamamos? La gente llama al Obispo de tantos modos: en Francia, y en los países de lengua francesa, lo llaman Monseñor; en Italia, en España, lo llaman casi siempre Excelencia; en Alemania, en Inglaterra más simplemente, Señor Obispo; pero el título más bello que califica la función y la misión del Obispo, es el de Padre: ¡Padre Obispo! Aunque no estamos acostumbrados, sería bello llamar a este hombre, así: Padre Obispo, pues no es un señor, ni una autoridad de la tierra, sino que es sólo y siempre el signo viviente del Padre: es verdaderamente padre de los fieles y de la comunidad.

El Obispo además de ser Padre, es Heraldo de la fe: El Concilio Vaticano II llama al Obispo heraldo de la fe que lleva nuevos discípulos para Cristo y es el maestro auténtico, es decir, dotado de la autoridad de Cristo que predica al pueblo, que le ha sido encomendado, la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida, la ilustra con la luz del Espíritu Santo… La hace fructificar y con vigilancia aparta de la grey los errores que la amenazan (LG. 25).

Pero es también ecónomo de la gracia y dispensador de los divinos misterios: Con la plenitud del sacramento del orden el obispo es llamado ecónomo de la gracia del supremo sacerdocio y es el primer presidente de la Eucaristía, el sacramento que hace vivir y crecer a la iglesia. Ecónomo de la gracia, quiere decir que el Obispo, juntamente con sus sacerdotes, santifica a la Iglesia con los sacramentos y ayuda en el camino de santidad de los fieles, llegando a ser él mismo, en primer lugar, un hombre que camina por los caminos de la santidad. Pero para ser ecónomo de la gracia, el Obispo debe ser ante todo un hombre de oración, porque como Moisés, es llamado a guiar el pueblo con la fuerza de Dios. Para el Obispo, por tanto, todo está aquí: oración y trabajo. Primero la oración y después del trabajo. Es más, toda su vida debe ser oración.

Oren por mí, oren por el Vicariato que será el lugar de mi santificación.

 

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