Homilía ordenación Ovidio Reyes

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MISA ORDENACIÓN PRESBITERAL

OVIDIO REYES SUÁREZ

BOGOTÁ, SEPTIEMBRE 25 DE 2010

Estimado Ovidio, gracias al ministerio que la Iglesia me ha confiado, enseguida te voy a ordenar como presbítero de la Iglesia Católica. Este es un motivo de gran alegría para la Iglesia Universal, para el Vicariato Apostólico de Puerto Carreño, para tu querida familia y para muchos de tus amigos que han orado por ti para que se diera este momento.

El rito de ordenación es simple: imposición de manos, acompañada de la oración consecratoria. Pero, no por el hecho de ser un rito simple, es poco profundo. Es que a lo largo de la historia de la salvación, el poder y la grandeza de Dios se ha manifestado en la simplicidad de los gestos y de las palabras.

Algo muy sencillo va a transformar tu vida. Misterio que sólo un cristiano de fe, de corazón sencillo y abierto a Dios es capaz de descubrir y vivir intensamente. Te aseguro que para saborear este misterio de amor no se necesitan muchos estudios de filosofía ni de teología. Es necesaria la gracia que sólo Dios da y el esfuerzo humano.

A ver, tú Ovidio, con seguridad a lo largo de tu proceso de formación, que entre otras cosas lo hiciste con perseverancia, insistencia y a pulso, descubriste que la vocación al sacerdocio es un llamado gratuito de Dios que exige una respuesta libre. A lo largo de tu proceso y discernimiento vocacional tuviste que purificar algunas falsas motivaciones vocacionales, como el reconocimiento social, el ganar dinero para sostener la familia o tener ciertas comodidades más allá de las normales. Estoy seguro que tu motivación fundamental fue y es el seguimiento de Cristo.

Hoy con mucho cariño, querido Ovidio, te recuerdo que el sacerdocio no es un oficio o profesión como sí los son más la medicina, la abogacía, la contaduría, la docencia. El sacerdocio no se consigue con dinero, ni se transmite de generación en generación, ni siquiera puede ser el resultado de haber terminado los estudios seminarísticos requeridos. El sacerdocio es un regalo de Dios, es una vocación. Si, vocación por que es Dios quien nos llama y nos envía. Es Dios que nos promete acompañarnos a lo largo de nuestro ministerio, es Dios quien nos confía un mensaje que anunciar.

Por su vocación y misión encomendada, el sacerdote realiza lo que ningún ser humano no ordenado puede realizar: en nombre de Cristo imparte la absolución de los pecados cambiando, a partir de Dios, la vida de un ser humano. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y del vino la acción de gracias que el mismo Cristo pronunció sentado a la mesa con sus discípulos; palabras que son palabras de transubstanciación, palabras que hacen presente a Cristo mismo, el resucitado.

El sacerdocio no es pues simplemente un oficio, es un sacramento. Dios se sirve de un pobre hombre con el fin de estar presente entre los hombres y obrar a favor de ellos. Hace poco escuchábamos la Palabra de Dios en Isaías, texto leído y apropiado por Jesús mismo en la Sinagoga: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor”. Y en el Evangelio Jesús envía a sus discípulos a anunciar el Evangelio y les da poder para expulsar todo aquello que menoscaba la dignidad del ser humano.

Esta es una verdadera audacia de Dios, que conociendo nuestra debilidad ha confiado en nosotros, y nos ha permitido hacerlo presente entre los hombres. Esta audacia de Dios es algo verdaderamente grande que se esconde en la palabra sacerdocio.

En pocas palabras podemos decir que ser pastor más que un oficio es una manera de vivir. Es una proyección de los sueños de Dios, de su paternidad desbordante y responsable. No es un tiempo y ni siquiera una parte de la vida. Es una consagración plena y total para pertenecer a Dios, para acoger, engendrar, animar y acompañar a su pueblo. Y por lo tanto para amar con desapego, con libertad, sin posesión.

Se requiere por lo tanto una espiritualidad de los afectos. ¡Qué camino tan hermoso y tan difícil! Para recorrerlo en paz son imprescindibles los Consejos evangélicos: La pobreza que lleva al desapego, la obediencia que produce libertad, el celibato que nos hace libres para amar. Son signos que hablan al mundo de nuestra pertenencia al Pastor de las ovejas y de nuestra disponibilidad para amar hasta el final.

El sacerdote es un pastor que acoge: Jesús acoge a la Magdalena, a Zaqueo, a la Samaritana, a Mateo, a Pedro. Acoge en sus horas de gloria y en la hora de la cruz. El es acogedor. La iglesia está llamada a acoger en todo tiempo. Aunque sea incomprensible para muchos, con el amor del Padre misericordioso la Iglesia madre acoge a los que el mundo margina y debe acoger hasta a sus mismos detractores. Jesús no excluye a nadie, pero privilegia a algunos.

Así debe ser el amor del pastor: abierto, amplio, concreto, singular, acogedor.

Pero también es un pastor que acompaña: Otro rasgo propio de nuestro pastoreo es el de acompañar a lo largo de la vida a las personas y a las comunidades que ayudamos a engendrar.

Es un pastor que ora: La presencia, el acompañamiento, la acogida, llaman también a la oración. Y por tratarse de la oración pastoral de un padre, de un pastor, es normal que tenga una connotación afectiva, como cuando ora Jesús por los suyos en la última cena (Jn 17).

Este es también el lenguaje primordial de la liturgia que encuentra en los salmos su libro de oración. Estos expresan los sentimientos profundos de Dios, de Cristo, de la humanidad y son capaces de purificar los sentimientos más oscuros del orante, que sometidos a la claridad de Dios se vuelven oblación.

Es un gesto hermoso de la Iglesia el poner en nuestras manos la Liturgia de las horas, así no seamos monjes sino apóstoles del Señor. La recibimos para servir con ella y no para dedicarla a nuestros propios sentimientos. La recitamos siempre en nombre de otros: somos boca de Cristo, boca de la Iglesia, y voz de los sin voz…de los que ni siquiera saben que se pude orar. Son sus sentimientos de euforia o de abatimiento, de claridad, o de angustia, sus gratitudes y sus perdones que ponemos en el corazón de Dios, para que Dios manifieste en todos ellos su presencia amorosa y pacificadora. Y Dios que ve en lo oculto, sabrá escuchar nuestra oración eclesial.

La oración es un ministerio inagotable. Siempre hay más. Es de esas realidades que mientras más se camina, más se descubren. Por eso hay que acercarse a ella en silencio, con humildad, con recogimiento, con amor, con todos nuestros sentidos.

Lo importante es orar, no dejar de orar, crecer en oración…perseverar aún en esos días en que nos pesa la liturgia de las horas, nos cuesta la intercesión o en que la actividad nos come y nos hace llegar rendidos por la noche, con sólo ganas de dormir. Orar con humildad, con paciencia.

Todos sabemos que sin una profunda vida espiritual ningún sacerdote será feliz en su vocación y misión. No encontrará sentido suficiente para seguir adelante con su propósito de servir al reino de Dios.

Precisamente en estos momentos de tanta dificultad y de crisis, su ordenación es un testimonio de confianza y de esperanza. La iglesia está viva y sigue peregrinando por el mundo anunciando el mensaje que el Señor Jesús nos ha confiado, primero a nosotros obispos, sucesores de los Apóstoles, y luego a los sacerdotes colaboradores de los obispos.

En este día te encomendamos a la protección maternal de la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes. Amén.

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