Homilía ordenación Redentoristas

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MISA ORDENACIÓN DIACONAL

Misa Ordenación Diaconal

BOGOTÁ, PARROQUIA DE SAN GERARDO

9 DE ABRIL DE 2011

ESTIMADOS JUAN JAINOVER, JOSÉ JOAQUÍN Y ALEXANDER.

¿Sabes si son dignos? La respuesta a esta pregunta con la que ha comenzado el rito de su ordenación diaconal, a pesar de que el padre Provincial haya dado testimonio de que ustedes han sido considerados dignos, es que ninguno de nosotros es digno. La vocación es pura gratuidad y un don que nos sobrepasa. A pesar de nosotros mismos hemos sido elegidos. Esta elección solemne evoca, en primer lugar la primera elección de que ha sido objeto cada cristiano: antes de la creación del mundo hemos sido elegidos por Dios para ser santos e inmaculados en su presencia (cf. Efesios 1,4). Saberse elegido es una experiencia espiritual básica para cualquier ministro ordenado. Resuena la Palabra de Jesucristo a los Apóstoles: “No me han elegido ustedes, soy yo quien los he elegido” (Jn. 15,16). Es la experiencia de un don de Dios, que no se arrepiente cuando los comunica (cf. Rom. 11,29). Una experiencia, por tanto, que ha de ser permanente, para mantener la dependencia gozosa del Señor en todo lo que será su vida y ministerio. Una dependencia que evitará cualquier pretensión humana de protagonismo, de originalidad fuera de lugar. Bien nos dice la primera lectura del Deuteronomio: “Si el Señor los ha preferido y elegido a ustedes no es porque ustedes sean la más grande de las naciones, ya que en realidad son la más pequeña de todas ellas” (Deut. 7, 6-9).

¿Cuál es el don que hoy el Señor Jesús les otorga por el ministerio de la Iglesia a través de la imposición de mis manos? El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa con estas palabras cuando nos dice que por el diaconado, “se recibe un carácter indeleble que configura de modo especial al Cristiano con Cristo, quien se hizo diácono, es decir, servidor de todos”. El diaconado los configura entonces con Cristo Servidor.

El diaconado los compromete hoy al seguimiento del Señor Jesús en esta actitud de humilde servicio que debe informar toda su manera de pensar, sentir y actuar, ahora como diáconos, y el próximo 21 de mayo, Dios mediante, como presbíteros, a semejanza de Cristo, “que no vino a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos. A semejanza de él que definiera su misión como “Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc. 22, 25-27).

Todos estos años de formación, de vida religiosa en la Congregación del Santísimo Redentor los han preparado para esto, porque nuestra vocación es antes que nada la de ser “servidores” a semejanza de Jesús.

¿Cuáles serán los alcances de su servicio diaconal? Se trata de un servicio que deberán prestar ante todo en forma de ayuda al Obispo y al Presbítero, tanto en el culto divino como en el apostolado, pero también este servicio se dirige a la propia comunidad cristiana y a toda la Iglesia, hacia la que el diácono debe tener una profunda adhesión y amor, por su misión y su institución divina. Un servicio a Dios, a la Iglesia y a los hermanos que se hace concreto en el servicio al altar, a la Palabra de Dios y en la caridad fraterna.

En el ejercicio de su ministerio diaconal sean portadores de la Esperanza del Evangelio. Frente a un mundo que muchas veces vive hoy sumido en el temor, en la sospecha, en el sin sentido, en el relativismo, en la mediocridad, sean portadores de la esperanza cristiana, testigos de la belleza del cristianismo en toda su anchura y profundidad, anunciadores valerosos de Cristo.

Todo don trae consigo deberes y responsabilidades. En el caso del diaconado, ¿cuáles son estos deberes y responsabilidades? El Concilio Vaticano II nos da la respuesta: “Sirviendo a los misterios de Cristo y de la Iglesia, deben conservarse inmunes de todo vicio, agradar a Dios y hacer acopio de todo bien ante los hombres”.

Por tanto es obligación de cada uno de ustedes, queridos jóvenes, esforzarse cotidianamente por dar testimonio, es decir, sean testigos de quien los mueve a dar este paso, no solo con su servicio y su apostolado, sino también con su propia vida. El Papa Paulo VI, en su Carta Apostólica en forma de motu Proprio sobre el sagrado orden del diaconado, nos ayuda a comprender mejor los deberes y las exigencias que conlleva el diaconado que hoy reciben cuando nos dice: “Los diáconos, como todos aquellos que están dedicados a los misterios de Cristo y de la Iglesia, deben abstenerse de toda mala costumbre y procurar ser siempre agradables a Dios, prontos a toda obra buena para la salvación de los hombres. Por el hecho, pues, de haber recibido el orden, deben superar en gran medida a todos los otros en la práctica de la vida litúrgica, en el amor a la oración, en el servicio divino y en el ejercicio de la obediencia, de la caridad y de la castidad”. Es necesario un poco de esfuerzo y de sacrificio para poder cumplir con los deberes y responsabilidades del ministerio; Dios pondrá todo lo demás; Él les dará la gracia. Quien los eligió les ayudará a llevar a feliz término su obra comenzada. Con San Pablo en la segunda carta a los Corintios les digo: “Hermanos: por eso no nos desanimemos, porque Dios, en su misericordia, nos ha encargado este trabajo…Porque el mismo Dios que mandó que la luz brotara de la oscuridad, es el que ha hecho brotar su luz en nuestro corazón, para que podamos iluminar a otros, dándoles a conocer la gloria de Dios que brilla en la cara de Jesucristo” (2 Cor. 4,1-2, 5-7).

Hoy se comprometen a conservar el celibato con la firma convicción que este don de Cristo a su Iglesia está en orden a que puedan unirse más íntimamente al Señor con un corazón indiviso, y puedan dedicarse más libremente al servicio de Dios y de los seres humanos. Por eso les pido, interpretando el deseo de sus animadores, cuiden en todo momento y por todos los medios, este don.

También hoy se comprometen desde su libertad a celebrar fielmente con espíritu de oración y alabanza la Liturgia de la Horas, por la Iglesia y por todo el mundo. Es un gesto hermoso de la Iglesia poner en sus manos la Liturgia de las Horas, así ustedes no sean monjes sino apóstoles del Señor. La recibimos para servir con ella y no para dedicarla a nuestros propios sentimientos. La recitamos siempre en nombre de otros: somos boca de Cristo, boca de la Iglesia y voz de los sin voz… de los que ni siquiera saben que se pude orar.

Al respecto es bueno recordar tanto para ustedes como para nosotros Obispos, presbíteros, religiosos, lo que dice la Iglesia al respecto: “Sería una visión empobrecida mirar dicha responsabilidad como el mero cumplimiento de una obligación canónica, aunque también lo es, y no tener presente que la ordenación sacramental confiere al diácono y al presbítero un especial encargo de elevar a Dios uno y trino la alabanza por su bondad, por su soberana belleza y por el designio misericordioso acerca de nuestra salvación sobrenatural.

Queridos hijos: para poder responder a estas hermosas, pero exigentes obligaciones, esfuércense por vivir su ministerio como camino específico hacia la santidad. Aspiren siempre a la santidad. Ya que las obras de Dios las hacen los hombres de Dios. Que cuando la gente los vea puedan desde ahora decir de ustedes lo que aquel abogado de Lyon decía de San Juan María Vianey cuando después de visitarlo le preguntaron: ¿Qué has visto en Ars?” Y él respondió: “He visto a Dios en un hombre”.

Con seguridad el santo cura de Ars llegó a ser santo y se mantuvo en sus buenos propósitos porque siempre estuvo adherido a Cristo. “Una rama no puede dar frutos de sí misma, si no está unida a la vid; de igual manera, ustedes no pueden dar fruto, si no permanecen unidos a mí… El que permanece unido a mí, y yo unido a él, da mucho fruto; pues si mí no pueden ustedes hacer nada”. (Jn. 15, 1-11).

Por ello les aconsejo, no descuiden su vida espiritual. Dedíquense asiduamente a la lectura y a la íntima meditación de la Palabra de Dios. Participen diariamente de la Santa Misa. Renueven sus fuerzas desgastadas por la cotidiana jornada con la comunión eucarística y con la devota y diaria visita al Santísimo Sacramento. Purifiquen frecuentemente sus corazones con el Sacramento de la Reconciliación, y para poder recibir digna y fructuosamente este sacramento hagan todos los días su examen de conciencia, como nos lo mandan nuestros Estatutos Generales. Rechacen toda tentación de ostentación, de vanidad, de hacer carrera. Tiendan hacia un estilo de vida caracterizado auténticamente por la sobriedad, el decoro, la castidad, la humildad y la caridad, imitando así a Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote, del que deben llegar a ser imágenes vivas. No descuiden la dirección espiritual y la formación permanente en la fe de la Iglesia. Vivan la fraternidad y la amistad al interior de las comunidades y con los sacerdotes donde la voluntad de Dios los ponga a trabajar pastoralmente. Llénense de amor filial por la Virgen Madre, bajo la advocación del Perpetuo Socorro. Confíenle a Ella particularmente su diaconado. Que Ella sea en todo momento, vida, dulzura y esperanza. Refugio, consuelo y aliento en su ministerio.

Queridos cohermanos, el don del diaconado es para Ustedes medio de preparación para el sacerdocio ministerial. Hoy les entregaré el Evangelio pidiéndoles, “convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”. El día de su ordenación presbiteral el obispo ordenante les entregará la patena y el cáliz diciendo: “considera lo que realizas, imita lo que conmemoras y en todo conforma tu vida con la cruz del Señor”. Que el diaconado, aunque breve, sea preparación seria y responsable para el sacerdocio ministerial.

Que María, la Virgen Madre, la servidora de Dios en sus planes de salvación los acompañe y asista a lo largo de su vida ministerial, es decir siempre. Que así sea.

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