Homilía Ordenación Rodolfo García

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MISA ORDENACIÓN PRESBITERAL

RODOLFO GARCÍA

GUATEMALA, FEBRERO 26 DE 2011

Estimado Padre Viceprovincial, estimada familia Redentorista, estimado Rodolfo y familiares, gracias por invitarme a presidir la ordenación sacerdotal. Con gusto estoy aquí para manifestar mi amor a la Iglesia y a la Congregación del Santísimo Redentor, en la cual me formé como misionero. Este es un motivo de alegría para la Iglesia Universal, para los misioneros redentoristas y, con seguridad, para su querida familia.

El rito de la ordenación presbiteral es muy simple: imposición de las manos y oración consecratoria. Pero no por el hecho de ser simple, es poco profundo. Es que a lo largo de la historia de la salvación, y en nuestro tiempo, el poder de Dios se manifiesta en la simplicidad de los gestos y de las palabras, quizá para confundir a los sabios y a los poderosos de este mundo.

Lo que vamos a celebrar es un misterio que sólo un cristiano de corazón sencillo, que sabe a quién se ha confiado, es capaz de descubrir y vivir intensamente. Le aseguro, Rodolfo, que para vivir este misterio no son necesarios profundos tratados de filosofía y de teología, pero si es fundamental haber purificado el corazón y haberse apropiado de las verdaderas motivaciones por las cuales algún día Usted creyó sentir el llamado del Señor.

A ver, con seguridad Usted, a lo largo del proceso de formación, descubrió que la vocación al sacerdocio y a la vida misionera es un llamado gratuito de Dios. Con seguridad Usted también tuvo que luchar por superar falsas motivaciones que a muchos alienta a la hora de pensar llegar a ser misioneros, sacerdote, como: ganar dinero, tener poder o subir de estatus.

Se opta por ser misionero-religioso-sacerdote, no para desempeñar un oficio o profesión como la medicina, la abogacía, la contaduría, la docencia. El sacerdocio no es un oficio, es una vocación, es un sacramento. El sacerdote realiza lo que ningún ser humano no ordenado puede realizar: pronuncia en nombre de Cristo la absolución de los pecados cambiando, a partir de Dios, la vida de un ser humano. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y del vino la acción de gracias que pronunció Cristo sentado a la mesa con sus discípulos; palabras que son palabras de transubstanciación, palabras que hacen presente a Cristo mismo, el resucitado.

Dios se sirve de un pobre hombre con el fin de estar presente entre los hombres y obrar a favor de ellos. Esta es una verdadera audacia de Dios que conociendo nuestra debilidad ha confiado en nosotros, y nos ha permitido hacerlo presente entre los hombres. Esta audacia de Dios es algo verdaderamente grande que se esconde en la palabra sacerdocio.

Dios a lo largo de la historia de la salvación se ha servido del ser humano, aún sabiendo de sus imperfecciones y debilidades para hacerlo instrumento de salvación. Se sirvió de Jeremías, a quien sedujo o conquistó casi a la fuerza para que fuera su profeta. Ante el llamado de Dios, Jeremías, en la quinta confesión que acabamos de escuchar vive sentimientos contradictorios en su corazón. Acusa a Dios: “Me sedujiste y me dejé seducir”. Pero ante Dios, él no pudo rendirse. ¡Aceptó ser profeta embaucado y forzado por Dios! No quería ser profeta, pero la palabra de Dios le ha venido a ser como un fuego ardiente encerrado en sus huesos, que no puede ahogarlo y le impide seguir hablando. Pero no todo en Jeremías es malestar y acusación franca a Dios; expresa también experiencias positivas: pero Dios está conmigo como defensor. Jeremías sabe que puede fiarse de él.

No obstante salta la pregunta: ¿Por qué Dios lo ha llamado a ser profeta en tiempos tan borrascosos? ¿Por qué precisamente él es destinado a ser persona molesta en la sociedad? ¿Por qué él es llamado a ir en contracorriente de todos, hombre de palabras y gestos de denuncia? Le fue imposible a Jeremías profeta evitar ser hombre debatido, perseguido a muerte y, por ello, vulnerable en su interior. Sus sufrimientos no lo destrozan, pese a correr el riesgo de ello. Los vivió en desgarradoras desazones interiores, pero también en sincero y franco diálogo con su Dios: fue lo que le salvó. Al cabo de los años, todo le sirvió para madurar como hombre y como profeta.

Usted, Rodolfo, como profeta, como sacerdote, como misionero, será mandado a anunciar y denunciar la soberanía de Dios a una sociedad que paulatinamente le va dando la espalda. Será mandado como profeta, en tiempos difíciles a ayudarle a esta sociedad a descubrir la razón de ser en Dios. Pero antes será examinado en el amor, como fue examinado Pedro, después de su triple traición. Hoy Usted como Pedro responderá machaconamente: Señor, tú lo sabes todo, tu sabes que te amo. Entonces, el obispo, después de haber escuchado el parecer de sus sus superiores, procederá a ordenarlo como presbítero-misionero en la Iglesia para la Congregación del Santísimo Redentor. Y tendrá por encargo apacentar las ovejas.

Pero la ordenación presbiteral es sólo un escaño. Ahora vienen momentos difíciles, momentos de anuncio, de estar con la mano en el arado, evitando siempre la tentación de mirar atrás. Para evitar caer en esta tentación, que a todos nos acosa, es necesario desarrollar y promover una profunda y madura espiritualidad de tal manera que sea capaz de acoger la gracia de Dios y de corresponderle viviendo generosamente el compromiso que como religioso asumió desde hace algunos años atrás: compromisos que hablan de libertad, de amor pleno y de riqueza absoluta. Compromiso que a los redentoristas nos exige perseverancia.

Pero este llamado y envío no significa que no debemos esforzarnos por responder todos los días a la grandeza de la vocación a la que hemos sido llamados. Es verdad que somos frágiles, que en nosotros reside una fuerza que me lleva a hacer el mal que no queremos, y dejar de hacer el bien que queremos. Pero para esto no podemos confiar en nuestras propias fuerzas, es necesario confiar en la gracia de Dios, es necesario ponernos en las manos de Dios. Con seguridad él nos va llevando de la mano y podremos cumplir con el encargo y el llamado. Estimado Rodolfo, la experiencia demuestra que la pérdida y abandono de estos compromisos ocurre frecuentemente por la falta de vida espiritual que lleva al debilitamiento de la fe hasta el punto de perder el verdadero sentido de la consagración y ordenación asumido inicialmente por amor al reino de Dios. Es verdad que la cultura odierna, los medios de comunicación, la cultura hedonista, pansexualista, la autosuficiencia. La falta de oración y de piedad. El rendirnos antes los ídolos que la sociedad moderna nos ofrece. La falta de ardor misionero. El relativismo. El funcionalismo, no favorece la vivencia de los consejos evangélicos. Ante estos signos de muerte de la vocación, debemos apropiarnos de los valores que la tradición de la Iglesia y las ciencias psicológicas nos ofrecen: Confianza absoluta en Dios. Amor y respeto al pueblo. Orar con y por el pueblo a través de la celebración diaria de la eucaristía, del rezo de la liturgia de las horas, del santo rosario. Huir de las ocasiones de pecado. Mantener una clara referencia a la comunidad religiosa. Saber buscar los momentos de descanso. Formación permanente. Compañía del animador Viceprovincial, del obispo diocesano, de los compañeros religiosos, de la familia y de otros agentes de pastoral. Toca a Ustedes pueblo de Dios orar permanentemente por las vocaciones y la fidelidad al ministerio de nosotros: obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y seminaristas. Es obligación de cada uno ofrecer sacrificios y oraciones al Buen Pastor para que nos guíe por caminos seguros y podamos sortear las múltiples dificultades, cansancios, pérdida de la motivación inicial que muchos de nosotros experimentados en la vivencia de nuestra vocación. Todos sabemos que sin una profunda vida espiritual ningún sacerdote será feliz en su vocación y misión. No encontrará sentido suficiente para seguir adelante con su propósito de servir al reino de Dios. Precisamente en estos momentos de tanta dificultad y de crisis, su ordenación es un testimonio de confianza y de esperanza. La iglesia está viva y sigue peregrinando por el mundo anunciando el mensaje que el Señor Jesús nos ha confiado, primero a nosotros obispos, sucesores de los Apóstoles, y luego a los sacerdotes colaboradores de los obispos. Recuerdo que estamos en un mundo que sistemáticamente quiere destruir la Iglesia con sus ataques, en evidenciar sus pecados, que no podemos esconder, y por tanto tendremos que evitar para mantener el rostro de la Iglesia inmaculado. Para esto es importante tener siempre la preocupación de dar testimonio con la palabra cuando las ocasiones lo permiten y de ejemplo. Recuerdo lo que nos decía Pablo VI: el mundo de hoy le cree más a los testigos que a los maestros, y se cree en los maestros es porque son testigos. Rodolfo, que el Señor le permita vivir en santidad el sacerdocio que hoy recibe. Que el Señor le permita ser verdadero testigo en esta Viceprovincia de San Salvador y en la Congregación entera. Y para que la grandeza de las revelaciones no me envanezca, tengo una espina clavada en mi carne, un ángel de Satanás que me hiere. Tres veces pedí al Señor que me librara, pero él me respondió: «Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad». Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. JEREMÍAS 20,7-13 Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me venciste. Yo era motivo de risa todo el día, todos se burlaban de mí. Si hablo, es a gritos, clamando ¡Violencia, destrucción!, la Palabra del Señor se me volvió insulto y burlas constantes, y me dije: No me acordaré de Él, no hablaré más en su Nombre. Pero la sentía adentro como un fuego ardiente encerrado en los huesos: Hacía esfuerzos por contenerla y no podía. Oía el cuchicheo de la gente: Cerco de Terror, ¡A denunciarlo, a denunciarlo!, mis amigos espiaban mi traspié: A ver si se deja seducir, lo venceremos y nos vengaremos de él. Pero el Señor está conmigo como valiente soldado, mis perseguidores tropezarán y no me vencerán; sentirán la confusión de su fracaso; un sonrojo eterno inolvidable. Señor todo poderoso, examinador justo que ves las entrañas y el corazón, que yo vea como tomas venganza de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Canten al Señor, alaben al Señor, que libró al pobre del poder de los malvados. PALABRA DE DIOS. SALMO 88,21-22.25 Y 27 CANTARÉ ETERNAMENTE LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR Encontré a David mi siervo y yo lo he ungido con óleo sagrado, para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso. CANTARÉ ETERNAMENTE LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán, por mi nombre crecerá su poder. Él me invocará: “Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvador”. CANTARÉ ETERNAMENTE LAS MISERICORDIAS DEL SEÑOR 2 CORINTÍOS 12,1-10 ¿Hay que seguir gloriándose? Aunque no esté bien, pasaré a las visiones y revelaciones del Señor. Conozco a un discípulo de Cristo que hace catorce años –no sé si con el cuerpo o fuera de él, ¡Dios lo sabe!– fue arrebatado al tercer cielo. Y sé que este hombre –no sé si con el cuerpo o fuera de él, ¡Dios lo sabe!– fue arrebatado al paraíso, y oyó palabras inefables que el hombre es incapaz de repetir. De ese hombre podría jactarme, pero en cuanto a mí, sólo me glorío de mis debilidades. Si quisiera gloriarme, no sería un necio, porque diría la verdad; pero me abstengo de hacerlo, para que nadie se forme de mí una idea superior a lo que ve o me oye decir. PALABRA DE DIOS. Evangelio de Juan 21, 1.10.13-17 Después Jesús se a apareció de nuevo a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Jesús les dice: Traigan algo de lo que acaban de pescar. Jesús se acercó, tomó pan y se lo repartió e hizo lo mismo con el pescado. Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: « Simón hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? » Le dice él: « Sí, Señor, tú sabes que te quiero. » Le dice Jesús: « Apacienta mis corderos. » Vuelve a decirle por segunda vez: « Simón hijo Juan, ¿me amas? » Le dice él: « Sí, Señor, tú sabes que te quiero. » Le dice Jesús: « Apacienta mis ovejas. » Le dice por tercera vez: « Simón hijo Juan, ¿me quieres? » Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: « ¿Me quieres? » y le dijo: « Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero. » Le dice Jesús: « Apacienta mis ovejas. PALABRA DEL SEÑOR.

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