DESCRIPCIÓN TEOLÓGICA, PASTORAL Y ESPIRITUAL:

escudo-obispo

El Obispo Francisco Antonio Ceballos Escobar, a través de este blasón, nos quiere expresar conjuntamente su ser y su misión; la razón de su vida y de su vocación.

Con la cruz que timbra el escudo se refiere a Jesucristo misionero con su Cruz; también a la Congregación del Santísimo Redentor, a la cual pertenece; a su identificación con sus carismas y espiritualidad, por los cuales se ha entregado toda la vida, en obediencia y disponibilidad.

Es el Espíritu Santo, quien con el fuego de su poder, consagra al obispo por el Sacramento del Orden. Todos los sacramentos son obra suya; el Sacramento del Orden Unge, Consagra y Envía. Es por la acción del Espíritu Santificador como el Obispo, ejerce su pastoreo.

El sol, unido al timbre del escudo, celebra el nuevo amanecer que es Jesucristo, “sol que nace de lo alto”, “luz que alumbra las naciones” y “sol que no conoce ocaso”. Pues, se trata de la Luz del mundo, que es el Santísimo Redentor y que todo nuevo día no deja de proclamarnos, al modo como ocurre en cada despertar, en los Llanos Orientales.

Todo esto se relaciona con el caudal de vida que nos brinda la naturaleza en cualquiera de sus bellas manifestaciones:

Los ríos, que son de agua viva, que fluyen de Jesucristo por doquier, y a los cuales somos remitidos por el sacramento del Bautismo, que nos engendra como cristianos con el modelo del Jordán y que los primeros creyentes representaron con el signo de los peces; refiriéndose con estos en clave, a Jesucristo, Hijo de Dios Salvador. Sin duda alguna, también a la Eucaristía, que tuvo como punto de partida la multiplicación de los panes y los peces, para calmar el hambre de quienes tienen necesidad de Dios.

La estrella con su estela, alude a “las Glorias de María” coronada como Reina y Señora, en alegría y total disposición.

Las ramas de café, del segundo tercio identifican a los pueblos que trabajan y cosechan los frutos para el sustento. El proceso de su cultivo, es un llamado a esperar con paciencia los resultados de los esfuerzos, en los que “uno siembra, otro cosecha y otro da el incremento”. Situación muy experimentada en la labor de un formador y consejero.

De un modo más preciso, se destaca cómo la región a la que es enviado para su nuevo ministerio pastoral, es un territorio próspero afianzado en la firmeza de su suelo. Una roca que es como un escudo, que da seguridad de quien se ubica en ella. Jesucristo, es la roca firme, sobre la que se asienta todo el proyecto, como lo dice el apóstol San Pedro. Es la misión del obispo y pastor, que guía a su pueblo y lo orienta para edificar así, la vida de la Iglesia, en Cristo Roca.

Todo, reafirmado en la expresión “Aquí estoy, Señor”, según las respuestas vocacionales que aparecen en la Sagrada Escritura, como la de Samuel, pero sobre todo a la misión de Cristo Sacerdote, considerada por la carta a los Hebreos en el Capítulo 10, versículo 7 y siguientes. El obispo, que es cabeza en la diócesis, es sin embargo, signo de la total disponibilidad. No pretende nada, que no sea la gloria de Dios y la edificación de su pueblo. Es, a semejanza del Enviado del Padre, un obediente servidor, que da la vida por la grey.

Y que es el sello, que con la santa unción y las gracias del ministerio, constituye al hombre-sacerdote en “alter Christus” y guía del rebaño.

Que así como en ésta síntesis, la comunidad creyente reconozca siempre presente en su vida a Jesucristo, su Señor y Salvador, a través de los pastores que ha elegido. La tarea de todos es, unirse en perseverante oración porque no abandona a su pueblo, sino que lo cuida con la guía de sus pastores. Leamos en todo ello, las lecciones del amor de Dios por todos nosotros.